De pie en la esquina de una calle cualquiera, al menos para mí hasta ese día, allí estaba ella. Fue su culpa que esa calle existiera para mí. De no haber sido por verla esa tarde desde el autobús no me habría fijado nunca que allí, en ese lugar, había una casa blanca con un antejardín enrejado donde crecía antinatural una preciosa planta de jazmín. Sí. De ella es la culpa de que yo ahora al pasar cuente los diez barrotes de aquel enrejado oloroso a flores ante el cual ella ese día se detuvo a esperar el autobús, con su falda de tartán azul y su suéter a juego cubriendo la camisa de cuello de tortuga en la que yo, hasta ese momento, no solía reparar. No fue el uniforme, ni sus zapatos azules, ni sus medias rodilleras; tampoco fue la casa, su antejardín o las flores. Fue ella. Verla me hizo bajar a tropezones del autobús, correr dos cuadras completas hasta alcanzarla y luego, agotado por el súbito esfuerzo, fingir la sorpresa ante el "encuentro casual". Al fin estaba frente a mí, aunque más preciso sería decir que al fin estaba yo ante ella. Ella me detuvo sin siquiera moverse. Eran sus grandes ojos negros, su cabello largo y desordenado por el afán de la jornada; sus manos escondidas tras una carpeta de dibujo y la sonrisa ausente ante la sorpresa de mi llegada las que me hicieron saludar:
-¡Marcela!- Fue lo único que atiné a decir -¿Tú por aquí?-
No sé sí ella me esperaba o sí alguien en algún lugar planeó el encuentro. Lo que si sé y no tengo duda alguna, es que desde ese momento llevo conmigo siempre, cuando no en el bolsillo, en el corazón o en un recuerdo, a una niña de uniforme con una carpeta entre las manos, en una esquina de mi vida, esperando el autobús.




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