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Una iniciativa de creación literaria. Cuentos, microrrelatos y poesía.

SUEÑOS DE NIÑOS

–El cielo…el cielo… –Aún era temprano y no se podían ver las estrellas, de hecho, no veían más que un azul infinito sobre ellos– ¿Una nube? –Preguntó él, notando que no había ninguna.

OBITUARIO - JAIRO ANÍBAL NIÑO

Ha muerto un hombre cuya madurez fue inocencia. A quien los años no le sumaron adultez sino infancia; un hombre que regalaba bosques en cajas de semillas y veía flotillas enteras de barcos en charcos.

NEGRO

—Recostado sobre la cama miré a través de la ventana en la que apenas se proyectaba la luz de una escuálida luna opaca, seguramente por el paso de una nube —dijo el anciano con parsimonia, mientras ponía azúcar a su café. Luego de probarlo, continuó—

CONTENER EL ALIENTO

Contener el aliento,//Cerrar los ojos.//Recordar.//Intentarlo, al menos.//Recordar la valentía heroica,//la intrepidez diaria.//La infantil alegría,//la mañana clara.

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11 de agosto de 2011

Déjame, Déjame Siempre.



Déjame.
Déjame cumplir mis arrebatos,
y llenar de locuras cada día,
decir tonterías en los buses
y bailar sin gracia en las esquinas.

Déjame.
Déjame soñar mil fantasías,
intentar hacerlas realidad todos los días,
hacer cuentas con abrazos y sonrisas,
y descubrir su infinita maravilla.

Déjame.
Te lo pido.
Por el silencio nocturno de los parques,
por el ruido de la gente de la calle,
por el sendero invisible que en el aire
siguen juntos los aviones y las aves.

Déjame,
sólo, déjame.
Déjame comer en silencio mis desvelos,
ocasionados por mis constantes desaciertos;
beber despacio mis llantos y lamentos
para no manchar tu sonrisa que es mi cielo.

Déjame,
por favor déjame,
mantener vivo a ese niño interno,
que contigo corre, canta y cuenta cuentos;
que sin causa ríe y llora de alegría,
porque descubre la vida en cada sueño.

Déjame, ¿sí?
pero, eso sí, sin falta, déjame
estar a tu lado cada noche y cada día,
en todas las aventuras que tu pecho anida;
compartir contigo tu pena y alegría,
que allí donde vas, la vida es realmente vida.

11 de julio de 2011

La Montaña

Esta montaña, amor
es el amor mismo.
Es calor y es frío,
es canción y silencio;
es dolor y alegría,
es recuerdo y olvido.

El amor, ciertamente,
es un largo camino.

Es calor en la cama,
pero es frío si faltas;
es canción cuando ríes,
y silencio en tu calma.

El amor, ciertamente,
es un dulce camino.

Es dolor en la cuesta,
y en lo llano, alegría;
de las dichas recuerdo
y de penas, olvido.

El amor, ciertamente,
es un duro camino.

Y ya alto, muy viejos,
juntos, muy juntos,
descubrimos la meta
de tan largo camino,
en el oculto origen
del amor divino.

¡Qué bueno es el amor!
¡Qué hermoso su camino!

20 de abril de 2011

Mariana en la Mañana

En medio del caos de la calle lo único que tenía orden era ella. De estatura breve y piel blanca como si de luz misma estuviera hecha, Mariana brillaba entre las grises paredes, el desgastado pavimento y los últimos ecos del invierno, todos ellos húmedos por el rocío de la mañana. Su cabello, largo y negro, como aquella noche, tenía un olor a chocolate e inconfundible césped fresco. A su paso repelía el caos circundante, dándole gracia a todo aquello a lo que se acercaba. Pero Ella, Mariana, más que caminar, flotaba. Parecía elevarse poco a poco mientras iba de camino a la estación de autobús… quizás serian solo un par de centímetros… Pero estoy seguro que las últimas hojas, las que quedaban antes de la parada de estación, esas desafortunadas no conocieron su pie. Porque ese pie, desde donde la veo, es del aire. Es tan ajena a esta lluvia matutina. Creo que las mismas gotas se golpean adrede contra los muros para no dañarla. ¿A quién espera? ¿Habrá acaso algún loco esquizofrénico que desee enamorarse o que siquiera comprenda mi visión de la parca? No. Ahora está Sola. Ahora puedo verla.
Fue una suerte encontrarla temprano este día... No ha habido días afortunados desde hace mucho para mí. Ya no cabían más ni los suspiros, ni los saludos a causa de las prisas y las malaventuradas casualidades. Pero ahí, en la parada estaba ella. Encantadora con esa blusa roja que tan bien le luce, tanto como el primer día en que la vi y casi ni la noté. Era perfecta. Es perfecta. Blanca su piel como la aurora, oscuros sus ojos como el carbón y Rojos, madre mía, Rojos sus labios como la sangre.
Fue buena idea salir pronto, fue bueno verla, encontrarla en mi camino. Ese era el sitio ideal para decirle que me gustaría cantarle mil y una canciones, que se tocar la guitarra y que quisiera aprender a tocarla a ella. Habría sido el sitio perfecto para decirle que, desde que la descubrí, con disimulo la miro desde mi ventana cuando llega del trabajo y que ya mi vecino de la ventana de enfrente me tiene manía, porque no comprende que lo mejor de estar enamorado de ti, es estar enamorado de lo que tu representas, ese algo indefinible que aún no quiebro con palabras y que es tan etéreo como luce; tan brillante que por momentos me ciega; que, en mi silencio, me satisface como verte en una vitrina. Aunque, si, es una pena haberme despertado pronto porque tanto esfuerzo puse en llegar a tiempo para encontrarla, que llegue mucho antes y mientras tú, mi pequeña ilusión, aun esperas en la calle, yo, en el autobús veo como te haces cada vez más pequeña, mas etérea y al final, desapareces.

1 de agosto de 2010

Un Trocito Ruinoso de Esperanza

Es preciso, dijo ella mientras limpiaba un retrato antiguo, que no olvidemos lo ocurrido. Todo aquello que nos dijeron los espejos. Todo lo que no sobrevivió a la inundación; lo que ya no existe, el lujo y el desastre que la prosperidad nos trajo. Tus risas y las mías. Tu llanto y el mío. Y es preciso, insistió, porque sino tratamos de recordarlo, porque si intentamos creer que no pasó, no sabremos nunca valorar la felicidad de nuestro sencillo destino; porque si lo olvidamos, quizá no sonriamos con el brillo del cristal, añorando el diáfano reflejo del diamante que ya no existe.
Él apenas si la veía, pero la escuchaba con atención. La luz de sus ojos fue otra cosa que el tiempo se había llevado. Es una idiota, pensó. Siempre viendo el vaso medio lleno, cuando el vaso lleva años roto. Es una ilusa, decía para sus adentros. De qué vale el brillo del cristal, cuando todo brillo es negro... Sin embargo, el amor lo tenía allí y aunque no comprendía bien cómo su destino se había ido a la mierda y lo había dejado ciego y pobre, sucio y tirado en medio de un barrio que se inundaba cada vez que llovía, pensaba en la fortuna de tener a aquella mujer que deshecha por el tiempo, la pobreza y la desgracia, se las arreglaba para regalarle día a día un trocito ruinoso de esperanza.

21 de noviembre de 2009

Cuando las Personas Quieren


Son raras las personas cuando quieren. Si él quiere, ella no. Si quiere ella, él no. Si ambos quieren, no pueden. Si pueden, pelean. Si pelean, uno se rinde. Si uno se rinde, ambos fracasan. Si ambos fracasan, se frustran. Si se frustran, lo recuerdan. Si lo recuerdan, lo repasan. Si lo repasan, uno lo intenta. Si uno lo intenta, es que quiere. Son raras las personas cuando quieren. Si él quiere, ella no. Si quiere ella, él no.

Sueños de Niños


–Una Flor –dijo la niña.
–Un ave –dijo el niño.
–…mmm…–la pequeña se arregló el flequillo con la mano y, alzando la mirada, exclamó –el cielo, el cielo azul.
–El cielo…el cielo… –Aún era temprano y no se podían ver las estrellas, de hecho, no veían más que un azul infinito sobre ellos– ¿Una nube? –Preguntó él, notando que no había ninguna.
–…Una nube…mmm… Sí. Pero si es blanca. –repuso ella.
–Entonces, una nube blanca…–dijo él con una sonrisa– pero ¿y si fuera gris?
–Bueno… –sonrió la niña– en ese caso… ¡Lluvia!
–… ¿Lluvia? –Preguntó perplejo el niño– Hoy no. Pero agua sí.
–Un río entonces.
–El mar, mejor.
–Un océano entero –dijo ella.
–Pescadores.
–¿Conoces a alguno? –pregunto al niño con curiosidad.
–No –dijo él–, pero los envidio. Debe ser bonito vivir en el mar. Papá y yo –una mueca de disgusto se dibujó en su rostro– vivimos en un piso muy pequeño. Él trabaja en un edificio muy gris… Quizás a él le gustaría más trabajar en el mar.
–Sí, seguro que sí… ¡Es tan bello! –Suspiró ella– Con sus peces… Sabes, me gustan los peces.
–¡A mí también!... –dijo él– ¡…En especial asados!
Ambos rieron pensando en pescados asados, desde el pequeño Querubín, la mascota de su clase; un pequeño pescado rojo que siempre había estado ahí, hasta los que habían visto en los libros. Luego ella continuó:
–¡Tú solo piensas en comer! –Lo reprochó en broma–…entonces, una cena.
–Una cena, bien… –dijo él–…Una casa.
–¿Grande?
–Sí, muy grande. Con patio y antejardín. Con una gran sala.
–¿…Y con ventanas grandes?
–Él Continuó –…Y ventanas grandes, y paredes blancas.
–…Me gusta el blanco. –Dijo ella interrumpiéndole–
–A mí también.
Ambos guardaron silencio. No fue sino hasta ese momento en que se dieron cuenta de lo que estaban hablando. Ella se arriesgó:
–¿Una familia? –Preguntó.
–Con un hijo –dijo él.
–Dos. – dijo ella.
– Vale…–Respondió entusiasmado el pequeño– y todos en la mesa cenando pescado.
–¡No! Pescado no. No me gusta. –Ella frunció el ceño y él no dijo nada durante unos segundos… Hasta que ambos sin planearlo exclamaron— ¡Pollo!
Guardaron silencio un segundo y luego soltaron una carcajada.
–¿Eso quieres? –preguntó la niña.
–Si –dijo él– que sea pollo... ¿Y en el centro de la mesa?
Entonces ella se levantó, fue a un matorral cercano y tomo una margarita. Antes de marcharse corriendo a casa, se acercó al chiquillo y, dándole la flor y un inocente beso en la mejilla, susurrando le dijo –Una flor… Esta flor–.

26 de octubre de 2009

¡Hoy es Lunes!


Hoy es lunes, y como lunes que es creo que es bueno empezarlo con algo bueno, empezarlo diciendo que te quiero mucho. Pero, sabes, la verdad hay algo que me preocupa. Espero que todas las semanas empiecen igual... ¡Hay calendarios que en rebelión contra mí empiezan a veces en domingo! ¡Eso es una grave amenaza y debo tomar cartas en el asunto! Mi estrategia es simple: ¡Es quererte siempre!... De lunes a domingo. Los calendarios no tendrán oportunidad en mí cruzada contigo...
Mi pelea no es contigo... de eso me he dado cuenta... es con los calendarios... Empiecen en lunes o en domingo. Pero soy listo. Espero, de veras espero, me baste eso para alcanzarte. De no ser así me sentiré defraudado de mí mismo, sea miércoles, viernes o domingo. Alcanzarte, estar contigo así sea festivo... en especial, de hecho, si es festivo: ¡Porque festivo viene de fiesta y fiesta es mi vida cuando estoy contigo! No importa, ahí si no importa, que día de la semana sea... Total, si estoy contigo, el tiempo es mi amigo, pero en tu ausencia es mi peor y más fiero enemigo. Pero, hoy es lunes, y es preciso quererte, quererte toda y quererte mucho, al menos, hasta el próximo domingo.

3 de junio de 2009

Amor y Ortografía

¡Hay amor!
Así no lo veas,
así no lo sientas,
así no lo tengas.

¡Ahí, amor!
En tus amigos,
en tus enemigos,
en los desconocidos.

¡Ay, amor!

¿Por qué?
¿Aunque te veo, te siento y te tengo?
¿Por qué?
¡Aunque eres mi amigo y también mi enemigo!
¿Por qué?
¿Por qué eres ahora un desconocido?

22 de abril de 2009

El Músico Ambulante


Muchos tenemos la costumbre de pensar que nuestra vida es ordinaria; que las cosas que hacemos cualquiera las hace igual o mejor que nosotros. Lo cotidiano es sencillo y esa sencillez es lo que hace de un día, cualquier día, maravilloso. No somos conscientes de eso. Antes, en la época en la que la gente vivía en pequeñas aldeas, todos se dedicaban a su oficio, unos herreros, otros cultivando; las amas de casa con los niños y los oficios del hogar y así, cada quien en su labor. Hoy en las ciudades se podría pensar que, guardando las proporciones, ocurre lo mismo sin ningún cambio significativo. Los abogados en los juzgados, el periodista en la prensa, el arquitecto en la obra, el ingeniero… donde sea que se le necesite. No obstante, si lo piensas, hay en nosotros y en los demás una versión gigante de cada uno. Una versión que ignoramos, que no creemos que exista, que no se muestra y que es en verdad más cercana a nuestra auténtica persona. Muchos hombres y mujeres van por la vida creyendo ser iguales al resto sin caer en cuenta de lo extraordinaria que es su propia existencia. Cada anécdota, una historia única; cada decisión importante, una epopeya en la que, de una u otra forma, se juega la vida. Somos, sin saberlo, héroes con dramas, comedias y tragedias personales dignas todas de ser contadas. Esto es sólo un ejemplo.
Esta historia va de alguien a quién hemos visto todos. Alguien a quién tú y yo, incluso alguna vez juntos, vimos frente a nosotros. Es la historia de Wladislav. Lo sé, no te suena su nombre, de hecho, es posible que sin pensarlo mucho creas que no has conocido a nadie que se llame así, pero sí, si lo conoces. Es un músico. Él está siempre allí con sus manos arrugadas y su traje de otro tiempo tocando el Cello para el agrado de los que pasan por su calle. Digo su calle, porque si no estuviera él, no sería distinta de cualquier otra calle y en ese caso no sería de nadie. En la calle de Wladislav se cruzan muchas historias y de ellas ya quizá te contaré alguna luego, pero hoy quiero que reconozcas a este anciano búlgaro que se planta a tocar arias y piezas clásicas para el gusto del viandante. Él no lo sabe, pero es muy importante. Lo es al menos para mí que te cuento esto y para ti que lo estás leyendo.
Verás, yo le conocí una noche cuando iba de camino a la Plaza Mayor. A pesar de la hora y el clima, era ya de noche y hacía un frío atroz, curiosamente muchas personas se amontonaban alrededor de algo que yo aún no alcanzaba a ver. Me acerqué. Paso a paso mientras lo hacía entendí el porqué estaba esa gente estaba allí. Alguien estaba interpretando lo que después sabría era Bach. No era una pieza muy conocida. Ahí estaba él sentado en su banca plegable mientras todos guardaban silencio con expresión expectante y ojos muy abiertos. Su viejo cello, a la vista tallado más por el tiempo que por el lutier que muchos años antes lo fabricara, cantaba. La belleza de la melodía contrastaba con la torpeza de los movimientos de los delgados brazos del músico causados por culpa el abrigo que lo protegían de las heladas corrientes que corrían por la calle. Su arco acariciaba las cuerdas, el viento, los oídos de todos, mis oídos… la agitación de los gestos de su rostro nada tenía que ver con la dulzura de las notas que subían y bajaban como las alas de un ave en vuelo. Eso lo sentí yo y creo que todos los que contemplábamos a ese hombre en su oficio. Cada vibrato, cada cambio de nota, cada tensión de la melodía venía a nosotros y se quedaba dentro de los que habíamos detenido la marcha para oírle. Cuando la pieza acabó aún la conservábamos en nosotros y nos tomo un par de segundos reaccionar y aplaudir aquella interpretación que con maestría había logrado. Muchos siguieron su camino, otros se sacudieron la calderilla en el tapiz que nuestro musical compañero había dispuesto para ello. Yo aún volaba con las notas, el arco y las cuerdas incluso después de los aplausos. Solo reaccioné cuando empezó a tocar de nuevo.
Así le conocí. Sin previo aviso, sin cruzar palabras, sin saber que su nombre era Wladislav y que era de Bulgaria. Sin embargo, no fue el verle en ese momento lo que lo hizo importante, fue el día en que los dos fuimos a escucharle. No había mucha gente y que tocó expresamente esa pieza porque se lo pedí. Era Bach de nuevo. Recuerdo que le dije "Disculpe, ¿Sabe el Aria en Sol Mayor?" Él levantó la cara algo sorprendido, al parecer no hablaba mucho con su público, y sin mediar palabra, alzó el arco y empezó a tocar. Allí estábamos los dos prácticamente solos. Wladislav y su cello fueron testigos de excepción. Te tenía conmigo y te abrazaba, y la música a nosotros. No sé si caíste en cuenta, yo casi te acariciaba al ritmo del arco sobre las cuerdas con la esperanza de que cantaras como aquél instrumento. La verdad, no creo que te fijaras, pero ahora da lo mismo: Ese abrazo fue lo mejor que me diste y es el recuerdo especial que de ti tengo. Creo que a pesar de guardar muchos recuerdos de las personas con las que compartimos mundo, siempre solemos seleccionar uno en concreto para luego, cuando es preciso, traerlas de nuevo a nuestra memoria. Eso nos hace únicos, como únicos son Wladislav y tú para mí. Te lo dije. Conocías al músico y él a nosotros, a nosotros y a lo que sentíamos. Fue muy bonito, sí, de veras muy bonito…
Puede que pienses que esto que te cuento ya no es sobre el músico sino sobre nosotros, pero estarías equivocada. Nosotros solo fuimos una parte de la historia de Wladislav. Él con suma paciencia espera en su calle a que alguien le pague una moneda por su arte y dedica su vida a su música, como antaño hicieran el herrero a sus herramientas o el sembrador a su huerta. Él puede pensar incluso que es solo un músico más de los que tocan en la calle pero, sabes, aunque quizás haya alguno que toque Bach igual que él, o de hecho, mejor, para mí nadie es como aquel desgarbado anciano. Él se deja el aliento en transmitir alguna emoción, algún sentimiento o algún recuerdo; se dedica a su oficio mientras nosotros... ¿Qué diré de nosotros? Ya ni siquiera somos. ya no hay nosotros. Tú ya no estás conmigo, estas con otro que ¡Qué Gracioso! es más pequeño pero más grande que yo... y yo aún escucho a ese músico ambulante, a Wladislav, como aquel día, encontrándote en instantes ciegos sin buscarte, en su calle, volando entre sus notas.

18 de abril de 2009

Resumen de Noticias


Barcelona-. Murió de pena. Esa fue la causa de muerte en la que coincidieron los forenses al examinar las aún humeantes cenizas de Don Mateo Ayguasvives, natural de Santa Coloma de Gramenet, quién al revisar los sesenta años de su matrimonio con Yolanda Foix de Ayguasvives, natural de Viladecans, descubrió que el fuego de su amor, el que lo despertaba en las mañanas y le hacía soñar por las noches, empezaba a consumirlo en su sillón al morir ella en la habitación contigua, dejando tras de sí lo que toda brasa intensa deja, un montón de cenizas, en este caso las de Don Mateo, en la sala de estar del No. 5 de la carrer de la princesa del barrio gótico de Barcelona.