WIGOblog

Una iniciativa de creación literaria. Cuentos, microrrelatos y poesía.

SUEÑOS DE NIÑOS

–El cielo…el cielo… –Aún era temprano y no se podían ver las estrellas, de hecho, no veían más que un azul infinito sobre ellos– ¿Una nube? –Preguntó él, notando que no había ninguna.

OBITUARIO - JAIRO ANÍBAL NIÑO

Ha muerto un hombre cuya madurez fue inocencia. A quien los años no le sumaron adultez sino infancia; un hombre que regalaba bosques en cajas de semillas y veía flotillas enteras de barcos en charcos.

NEGRO

—Recostado sobre la cama miré a través de la ventana en la que apenas se proyectaba la luz de una escuálida luna opaca, seguramente por el paso de una nube —dijo el anciano con parsimonia, mientras ponía azúcar a su café. Luego de probarlo, continuó—

CONTENER EL ALIENTO

Contener el aliento,//Cerrar los ojos.//Recordar.//Intentarlo, al menos.//Recordar la valentía heroica,//la intrepidez diaria.//La infantil alegría,//la mañana clara.

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20 de abril de 2011

Carta para una Señorita


Hola Srta X,

Hoy es el primer día del resto de tu vida. Habrá muchas cosas por hacer, muchos retos por superar y muchos objetivos por cumplir. Asimismo, habrá muchas personas por conocer, fallos por cometer, y errores que perdonar. Es el primer día de vida dentro de un ciclo nuevo que, en principio, durará 365 días y seis horas, pero puede que estés en una etapa singular y distinta, y ese año natural no se ajuste a tus nuevas necesidades, a tus nuevas prioridades y a tus nuevas compañías. Así es la vida. Bastante compleja en cuanto intensidad, extensión y comprensión, sin embargo, es una cuestión personal el rumbo que ella tome. Hoy, como siempre, tu destino está en tus manos.
Si me pidieran comparar la vida con algo, yo lo haría con un sistema de trenes. La vida, es decir, todo lo que existe, animado o no, es la línea del tren; Hay momentos críticos –entiende críticos como decisivos, no como catastróficos– en los que la vida se concreta; hace paradas. Esos momentos son estaciones. Unas muy bellas, decoradas, colmadas de gente y de buenos recuerdos o buenos deseos; otras, menos agradables, son solitarias, mustias y algo fúnebres. También hay, siguiendo la metáfora del tren,  estaciones estándar, que simplemente nos valen como referencia y se perpetúan a lo largo de la línea del tren, es decir, de la línea de la vida, estas pueden ser las estaciones de los cumpleaños.
Pero si el mundo es todo el sistema de trenes: ¿Dónde quedan las personas? ¿Quién es el conductor del tren? ¿Quién fija el recorrido? En mi metáfora, cada persona es un pasajero. Cada quien tiene un billete que le entregan no más llegar a la estación de partida –En nuestro caso particular, Bogotá, claro con cierta diferencia de fechas– en donde se indica el día de llegada a la estación, y cada uno hace anotaciones en su billetito marcando su propio recorrido, haciendo trasbordos donde le parece conveniente. Si, es cierto. Más veces de las que se desea a todos se nos fuerza a hacer paradas, pero en términos generales, es cada persona quien decide el recorrido. A partir de ahí, de la llegada a ésta estación de trenes, el viaje no cesa nunca. Año tras año nos hacemos a un vagón, llámese éste casa, colegio, universidad o empresa; Bogotá, La Mesa, Cartagena, Barranquilla, Madrid o Conchinchina. Esos vagones, que tienen diversas formas y pueden ser muy pequeños o conmovedoramente grandes, son un lugar donde compartimos el viaje con otros pasajeros. Al igual que en un tren cualquiera, a nuestro lado se sientan no una, sino muchas personas a lo largo del viaje. Estas personas, coetáneos y coterráneos, son los que a la larga se convertirán en nuestros amigos y amigas;  esposo o esposa; compañeros o compañeras o, en fin, lo que dé de sí el viaje y el personaje en cuestión.
El final del viaje está abierto. No es por infinito es sólo que ignoramos cuando llegará su fin. Unos pasajeros duran 80 o 90 años viajando, otros, menos afortunados, nada más llegar a la estación de salida, descubren que es esa también su estación de llegada. No es nuestro caso.
Muchos hacen trasbordos entre estaciones o vagones  manteniendo a sus compañeros de viaje durante cierto tiempo. Así nuestros amigos de la infancia a veces coinciden con los del colegio y, con suerte, alguno irá con nosotros a la misma universidad. Otras veces, por ejemplo, aunque sé que no es el único que podría comentar respecto a ti, personas han llegado al vagón al que te encontrabas y se han quedado contigo un tiempo bastante largo, manteniéndose contigo a pesar de que se han cambiado de vagón, o estén en estaciones remotas tanto en tiempo como en distancia.

Total, de aquí en adelante, la carta la escribes tú. Es tu viaje, tu línea, tu boleto y tu tren. Es apenas una metáfora, una de las tantas que se hacen mientras uno ve por la ventanilla del tren.

Un abrazo,

Otro pasajero.

28 de enero de 2010

La Tenacidad Del Bogotano y La Fortaleza Del Madrileño

Día y hora, Lunes, 6:46 AM. Lugar, Calle 26 a la altura de la Gobernación de Cundinamarca. La fila de carros avanza con lentitud. Un niño llora en un autobús mientras el conductor tararea el vallenato que, carraspeado por los viejos altavoces, suena en la radio. Una señora de forma increíble adelanta en su auto unos cuantos metros y, adivinando la espera, empieza a maquillarse con ayuda del retrovisor. Afuera, en la calle, hace frío. Una típica mañana bogotana. En los carros, hace calor… En los autobuses, tanto que es insoportable. Una nube de humo y polvo se levanta sobre la ciudad y ni los peatones, ni los vendedores y mucho menos los conductores lo ignoran. Muchas personas corren a lado y lado del puente que atraviesa esta importante avenida. Tramitadores, abogados, estudiantes e incluso militares y policías son parte del paisaje. Todos tienen algo en común. Van tarde. El trancón, como se suele llamar en Colombia  a los embotellamientos, es descomunal y retrasa los planes de todos los que intentan moverse por allí, indiferentemente si van a pie, en coche oficial o en autobús.
— ¡Está tenaz! —Dice a un amigo por el móvil la mamá del niño que llora. Luego añade—. Si… que si... Qué yo salí a tiempo…  No sé, como quince minutos y no nos hemos movido… No, no sé, espero que no… Pero es que parece que se estrelló un carro… o no sé. Total: ¡Esta tenaz!
Día y Hora Lunes, 7:46 AM. Lugar, Coche de metro de línea 6, en algún punto entre las estaciones de Cuatro Caminos y Guzmán el Bueno. El metro a  reventar, como es habitual el primer día de la semana, colmado de gente de todos los colores, edades, profesiones, destinos y nacionalidades. En una de las bancas de cuatro puestos, están sentados un ecuatoriano con su hija en las piernas, un anciano español, una delgada y rubia rumana, y un colombiano. Alrededor de ellos una plétora de jóvenes universitarios —la estación de la ciudad universitaria es solo dos estaciones después— y de oficinistas. Muchos de ellos tienen reproductores Mp3 o móviles que usan para escuchar música durante el viaje; otros solo conversan, muchos otros leen y otros intentan, en medio del apicassado paisaje que recuerda por su atropellado orden al Guernica, dormir una placida siesta. Sin embargo, el “orden” se rompe cuando por el altavoz un hombre, el conductor del metro, anuncia con parsimonia:
—Por motivos técnicos  la línea seis presta su servicio a una velocidad más lenta de lo normal.
— ¡Qué fuerte! —exclama uno— Hoy si madrugue ¡Y mira!...
—Solo madrugas para los exámenes e incluso a ellos llegas tarde —respondió una voz femenina—, luego tenemos que darnos caña porque el examen no es en la clase, sino al lado de la oficina de Mercedes.
— ¡Madre mía! Eso está lejísimos… ¡Y yo que iba a salir más tarde!
Una voz, ya no del conductor sino una femenina, vuelve a resonar y sin pedirlo, todos guardan silencio para escucharlo:
—Señores pasajeros, Metro de Madrid informa, que por motivos técnicos el servicio entre las estaciones de Cuatro Caminos y Príncipe Pio sufre un retraso de más de 30 minutos.
— ¡¿Más tarde?!... ¡Qué fuerte me parece!—Exclamó la chica—. ¡Ya no alcanzaremos al examen!
—¡Joer… Este si me lo había preparado!...
Hay veces que no es que el tráfico sea solo insoportable, o el llanto de un niño desesperante, o una canción insufrible; hay veces en que no es que el metro solo esté atestado, o que no se esté preparado para un examen. Hay veces donde pasa todo. Nos pasa todo y, además, todo junto. Es en momentos como esos, fuertes y tenaces, donde se prueba de que pasta están hechas las personas; Cual es en realidad su capacidad de reponerse a los problemas y seguir adelante. Ahí, cuando la situación “¡Está tenaz!” y la lentitud del metro nos hace, si no decirlo, al menos pensar “¡Qué fuerte!”… En detalles tan simples como tener una palabra fija para describir algo complejo, es donde se ve lo grandes que nos hacen nuestras ciudades de origen. Quien dijo que una imagen vale más que mil palabras no conoce ni la tenacidad del bogotano, ni la fortaleza del madrileño. Para los dos, una palabra vale más que mil imágenes.