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Una iniciativa de creación literaria. Cuentos, microrrelatos y poesía.

SUEÑOS DE NIÑOS

–El cielo…el cielo… –Aún era temprano y no se podían ver las estrellas, de hecho, no veían más que un azul infinito sobre ellos– ¿Una nube? –Preguntó él, notando que no había ninguna.

OBITUARIO - JAIRO ANÍBAL NIÑO

Ha muerto un hombre cuya madurez fue inocencia. A quien los años no le sumaron adultez sino infancia; un hombre que regalaba bosques en cajas de semillas y veía flotillas enteras de barcos en charcos.

NEGRO

—Recostado sobre la cama miré a través de la ventana en la que apenas se proyectaba la luz de una escuálida luna opaca, seguramente por el paso de una nube —dijo el anciano con parsimonia, mientras ponía azúcar a su café. Luego de probarlo, continuó—

CONTENER EL ALIENTO

Contener el aliento,//Cerrar los ojos.//Recordar.//Intentarlo, al menos.//Recordar la valentía heroica,//la intrepidez diaria.//La infantil alegría,//la mañana clara.

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24 de enero de 2010

Una Boda Original

Ninguno de los dos lo pensó cuando se conocieron. Él, tan distraído como siempre, ni se percató de como iba vestida y, de hecho, como suele ocurrir —a él con considerable frecuencia—, no recordaba cómo se llamaba ella al final de la cena en la que coincidieron esa noche. Ella por su parte lo notó gracioso, casi ridículo y sin  mayor importancia. No obstante, se sentaron cerca y platicaron un poco de todo y de nada. Cambiaron teléfonos, pero, a decir verdad, casi lo había olvidado cuando, terminada la reunión, fue a dormir a casa.
Pasados unos días hablaron más. El llamó primero. Se encontraron, al principio, de forma irregular, luego, casi sin planearlo, después con frecuencia y al final casi por necesidad. Miguel por fin aprendió su nombre, Clara, y además aprendió su risa, sus gestos y sus gustos. La sabía fanática de ese grupo que él detestaba y, aún así, a pesar de eso, se descubrió enamorado. Clara, por otra parte, descubrió que el carácter risueño de Miguel le iba bastante bien. Reía con él —mucho, más de lo que acostumbraba, que, además, ya era bastante—, y a veces dejaba caer frases con las que, pensaba ella, podrían pensarse muchas cosas. Ella lo quería, lo quería mucho —que como solía decir—, era la forma en que sabía querer. Lo descubrió feliz cuando ella también lo estaba, e incluso cuando estaba triste todavía era feliz para alegrarla. De verdad lo quería mucho.
Es curiosa la vida. Muchos años después, él, en su habitual caos, pensaba en matrimonio. Planeaba como sería la entrega del anillo; que diría mientras lo entregaba. Nervioso cavilaba sobre la iglesia que elegiría, las flores que decorarían las sillas y a quién invitaría. Ella, por su parte, hacia también los mismos cálculos y muchos otros que nunca comentó, todos ellos con el detalle propio de una novia en potencia que es, por supuesto, mucho mayor. Así se pensó la boda. Como si de un único plan se tratara; como una pieza de piano tocada a cuatro manos.
Sin embargo, el curioso azar movió las fichas. Al final, como era de esperarse, si hubo boda. Las flores fueron azucenas, como Miguel quería; también fue una ceremonia muy íntima y familiar como lo habían pensado, cada uno por su cuenta, preocupados por  mantener el calor familiar de la celebración. Incluso, un organista, no un equipo de sonido, tocaba la marcha nupcial y ella, preciosa, toda de blanco, como su vestido la noche de la cena donde conociera a Miguel, se acercaba al altar ante la mirada expectante de los asistentes. Todos estaban allí. Todo era perfecto, tal como ambos lo habían pensado. Sin embargo, Clara tenía claro mucho antes de esa feliz escena que algo debía cambiar. El que esperaba frente al sacerdote, con un frac y sonrisa paloma, ciertamente, no era Miguel.