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13 de mayo de 2010
El Espejo o La Duda
Siempre me he preguntado que le puedes decir a alguien que tiene ojos de perro abandonado. Esos ojos mustios que se ocultan tras un velo que alguien bordo con lagrimas dicen tanto y de forma tan breve que exigen casi a gritos una respuesta. Es cierto, la angustia, la tristeza, el desamparo y la desesperanza siempre suscitan más interrogantes que la felicidad, la dicha o la buenaventura. Además de soportar el sobrecogedor sentimiento de la pena, esos ojos tienen que llevar a cuestas un abrumador cargamento de preguntas. Sí, es un hecho. Siempre he querido saber que se puede responder a alguien que te hace callar sin decir nada; que consume tu aliento solo levantando la mirada. Siempre me he preguntado que le puedes decir a alguien que tiene ojos de perro abandonado. Pero es más grave aún cuando esa mirada que te calla, que te sorprende, que de triste te suscita cierta reverencia, cierta piedad y que por sórdida, e incluso por sombría, deja un vaho de podredumbre en el ambiente llega hasta ti asomada lánguidamente en el reflejo de un espejo.








