Él apenas si la veía, pero la escuchaba con atención. La luz de sus ojos fue otra cosa que el tiempo se había llevado. Es una idiota, pensó. Siempre viendo el vaso medio lleno, cuando el vaso lleva años roto. Es una ilusa, decía para sus adentros. De qué vale el brillo del cristal, cuando todo brillo es negro... Sin embargo, el amor lo tenía allí y aunque no comprendía bien cómo su destino se había ido a la mierda y lo había dejado ciego y pobre, sucio y tirado en medio de un barrio que se inundaba cada vez que llovía, pensaba en la fortuna de tener a aquella mujer que deshecha por el tiempo, la pobreza y la desgracia, se las arreglaba para regalarle día a día un trocito ruinoso de esperanza.








