WIGOblog

Una iniciativa de creación literaria. Cuentos, microrrelatos y poesía.

SUEÑOS DE NIÑOS

–El cielo…el cielo… –Aún era temprano y no se podían ver las estrellas, de hecho, no veían más que un azul infinito sobre ellos– ¿Una nube? –Preguntó él, notando que no había ninguna.

OBITUARIO - JAIRO ANÍBAL NIÑO

Ha muerto un hombre cuya madurez fue inocencia. A quien los años no le sumaron adultez sino infancia; un hombre que regalaba bosques en cajas de semillas y veía flotillas enteras de barcos en charcos.

NEGRO

—Recostado sobre la cama miré a través de la ventana en la que apenas se proyectaba la luz de una escuálida luna opaca, seguramente por el paso de una nube —dijo el anciano con parsimonia, mientras ponía azúcar a su café. Luego de probarlo, continuó—

CONTENER EL ALIENTO

Contener el aliento,//Cerrar los ojos.//Recordar.//Intentarlo, al menos.//Recordar la valentía heroica,//la intrepidez diaria.//La infantil alegría,//la mañana clara.

Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta cuento. Mostrar todas las entradas

21 de diciembre de 2014

Lecturas

Sin razón aparente, Julia, mi hija de seis años, bajó uno de los libros de la biblioteca. Era uno de los libros de su abuelo; uno de muchos que habíamos tomado mucho después de que muriera y de que la madre de mi esposa vendiera su casa y se deshiciera de muchas de las cosas que de él conservaba. Mientras yo trabajaba frente al computador, Julia se plantó frente a la estantería y luego de revisar los lomos, como si los estuviera leyendo, se detuvo en ese y con mucho cuidado lo sacó de la repisa. Me llamó la atención pero no me resultó demasiado raro. Hacía tiempo hacía lo mismo, pero los últimos libros que había sacado estaban en la biblioteca junto a mi escritorio y por eso la pude observar sin que ella lo notara. Julia tomo el libro y salió de la habitación. Luego de un rato salí a tomar algo de la cocina y vi que lo puso abierto sobre la mesa del comedor y justo cuando regresaba estaba cambiando la página. No le di importancia y seguí hacia el computador. Ese día, lo recuerdo bien, lo único que se escuchaba en el silencio en el que suelo trabajar era el paso de las páginas. Dos horas más tarde volví a levantarme para estirar las piernas. Ella seguía frente al libro. Curioso, porque aún ella no sabía leer, me acerqué y le pregunté:
-Juli, ¿Qué haces? ¿Estás leyendo?...- Sonreí mientras ella cambiaba la página.

-No, papá -dijo mientras señalaba a mi lado- Mi abuelo Juan está leyendo para mí. 

20 de septiembre de 2011

Venganza Divina


El cristo que colgaba en la antigua iglesia del pueblo fue bajado a golpes por uno que se decía capitán de regimiento. En su esfuerzo, ayudado por picos y machetes, lo desprendió casi entero, salvo por el brazo derecho que, escuálido, inerte y solitario, se aferraba fuertemente a una biga de la iglesia, su hogar hacía siglos, atado a una cadena que otrora lo sostuviera imponente sobre el altar. No obstante, el capitán, testarudo e iracundo, con algunos disparos reventó la cadena de la que el brazo del cristo se sostenía y a rastras, con gritos irrepetibles y escupitajos, lo tiró por el barranco que el antiguo templo dominaba. Ahí ocurrió lo impredecible. El brazo del cristo, su cadena, como en venganza, transmutó en látigo, golpeó al último hombre en tierra, el capitán, y arrancándole de un sólo tajo el brazo derecho se lo llevó de la mano hasta el fondo del abismo.

10 de septiembre de 2011

Una Reflexión

Es increíble, ¿no? Hace unos años los jóvenes eran la imagen de la juventud. Hoy, para sorpresa de algunos, tristeza de muchos y vergüenza de todos, la figura del joven en vieja. Es senil. Es borrosa, como un recuerdo de algo que no estamos seguros si sucedió. Largas y delgadas figuras que, más que vestidas, van disfrazadas por la calle, cargando la tristeza de un tiempo que no los comprende. Que los ignora. Que les roba la esperanza a ellos, que por definición deberían ser seres esperanzados y esperanzadores. ¿Dónde están los que decían que la juventud era el hoy y el mañana? ¿Se referían, acaso, sólo a la juventud a la que ellos pertenecían? En las calles, no solo de aquí, sino de todo el mundo, pululan rostros casi deformes por la pena, por la búsqueda banal e infructuosa de placer. Una búsqueda de infinito insatisfecha. Lo trascendental se le ocultó a toda una generación que no ve más allá de la fiesta, la bebida, la tecnología y el desarraigo de una sociedad que, inmersa en la economía, olvido a la  persona. Jóvenes familiares en familias que no los conocen; herederos de un profundo legado cultural que, en nombre del bienestar, olvidó la vocación del hombre de ser feliz durante toda su vida. No quiero, y lo aclaro de antemano, no quiero decir que la vida feliz es aquella sin problemas, sin dificultades, tropiezos o derrotas. Pero a toda una generación se le ha negado el derecho a conocer posibles respuestas a sus preguntas. Ya no hay familia alrededor de la mesa. Ahora quien se ocupa de la crianza es la televisión ante la ausencia de los padres. Siluetas de niños sentados durante horas frente a una pantalla, esperando. ¿Esperando qué, preguntarán? Esperando una padre que les hable, una madre que les mime. Ya no hay escuela. Hay producción masiva de bachilleres, técnicos y profesionales, mas, ellos aún buscan un alterego en el cual dejar fluir su intimidad. Una generación entera fue condenada a relatar sus problemas a amigos virtuales. ¿Qué es para ellos un amigo real? ¿Cleverbot? La misma generación que no supo que es salir de paseo por querer salir de paseo. La que se sintió obligada desde un principio a encajar en un sistema que le resultaba extraño porque nunca se le enseño a ser social. La silueta de la niña en una habitación oscura ante un televisor que solo emite estática, clásico del terror de finales del siglo XX, es lo que le ofrecieron muchos padres y madres a sus hijos cuando les solicitaron un consejo. No fue sólo esa niña la condenada al encierro de lo visual, fue toda la infancia. Esa niña era la infancia. Esas extrañas personas que evolucionaron desde ese punto a lo que hoy vemos en la calle con de desdén y disgusto, son el resultado de un interés mal dirigido. Ellos, como personajes de los cuadros de Modigliani, cada vez menos expresivos, cada vez más mustios, con sentimientos más grises y virtudes que saltan al vicio con el menor tropiezo son consecuencia de lo que no quisieron ver otros y nosotros aún nos negamos a ver. Lo importante no es sólo la economía, no es sólo la cultura, es, sobretodo, la persona. La mujer y el hombre que están allí ante nosotros esperando a ser reconocidos como personas. Es recordar al hombre a lo que nos llaman esos cuadros espantosos que salimos a ver cuando en el autobús vemos rostros carentes de expresión o, lo que es peor, llenos de una falsa alegría basada en lo material y pasajero. Es recordar la persona para hacer vida en él o en ella a lo que estamos llamados. Es un momento crítico. Es la dignidad de la persona lo que estamos todos llamados a salvar.

11 de agosto de 2011

Déjame, Déjame Siempre.



Déjame.
Déjame cumplir mis arrebatos,
y llenar de locuras cada día,
decir tonterías en los buses
y bailar sin gracia en las esquinas.

Déjame.
Déjame soñar mil fantasías,
intentar hacerlas realidad todos los días,
hacer cuentas con abrazos y sonrisas,
y descubrir su infinita maravilla.

Déjame.
Te lo pido.
Por el silencio nocturno de los parques,
por el ruido de la gente de la calle,
por el sendero invisible que en el aire
siguen juntos los aviones y las aves.

Déjame,
sólo, déjame.
Déjame comer en silencio mis desvelos,
ocasionados por mis constantes desaciertos;
beber despacio mis llantos y lamentos
para no manchar tu sonrisa que es mi cielo.

Déjame,
por favor déjame,
mantener vivo a ese niño interno,
que contigo corre, canta y cuenta cuentos;
que sin causa ríe y llora de alegría,
porque descubre la vida en cada sueño.

Déjame, ¿sí?
pero, eso sí, sin falta, déjame
estar a tu lado cada noche y cada día,
en todas las aventuras que tu pecho anida;
compartir contigo tu pena y alegría,
que allí donde vas, la vida es realmente vida.

25 de julio de 2011

Contener el Aliento

Contener el aliento.
Ver la vida que pasa.
Sin esperanza.
Con miedo.
Con Vergüenza.
Contener el aliento.
Ver el agua subir
sobre la gente,
sobre sus casas,
sobre sus sueños.
Subir para no dejar nada.

Contener el aliento.
Ver la espalda de los buenos
ser fondo de un lienzo negro
de muertos inocentes,
de asesinos sueltos.
De culpas sin culpables,
de indignación indigna.

Contener el aliento.
Cuando el rayo cae;
cuando el volcán explota.
cuando el talud se derrumba,
cuando el auto choca.
Cuando la naturaleza,
bendita naturaleza,
que despierta flores,
frutos y hojas,
se desquita con ira arrolladora.

Contener el aliento,
Cerrar los ojos.
Recordar.
Intentarlo, al menos.
Recordar la valentía heroica,
la intrepidez diaria.
La infantil alegría,
la mañana clara.

Apretar los ojos.
Estrujar el mal recuerdo.
Aplastarlo.
El árbol derribado.
El niño muerto
El anciano olvidado.

¡Qué reviva la esperanza!
Sin motivo, por si misma.
Mantener la esperanza
por la esperanza misma.
¡Qué levantarse, sea duro...
...mas no imposible!
¡Qué el volcán estalle!
¡Qué la tierra tiemble!
Pero que aún queramos,
que aún podamos,
soñar mañanas.

¡Qué aunque las voces callen,
aún vivan los sueños!
¡Qué viva alguien que crea en ellos!
¡Qué viva el sueño,
el tuyo, el mío, el nuestro,
el sueño,
que nos mantiene despiertos!

11 de julio de 2011

La Montaña

Esta montaña, amor
es el amor mismo.
Es calor y es frío,
es canción y silencio;
es dolor y alegría,
es recuerdo y olvido.

El amor, ciertamente,
es un largo camino.

Es calor en la cama,
pero es frío si faltas;
es canción cuando ríes,
y silencio en tu calma.

El amor, ciertamente,
es un dulce camino.

Es dolor en la cuesta,
y en lo llano, alegría;
de las dichas recuerdo
y de penas, olvido.

El amor, ciertamente,
es un duro camino.

Y ya alto, muy viejos,
juntos, muy juntos,
descubrimos la meta
de tan largo camino,
en el oculto origen
del amor divino.

¡Qué bueno es el amor!
¡Qué hermoso su camino!

24 de abril de 2011

Sorpresa

(Léanlo en voz alta y rápido)

Es Fugaz.
No avisa.
No habla.
Además,
Es breve.
Es corta.
a veces,
muy corta.
Tan breve.
que asombra.

¿Que cosa
tan breve
tan chica
y pequeña;
tan corta,
realmente
importa?

Saberlo
quisiera.
Intriga
suscita
tan breve
estela,
indicio
o signo
de forma.

Sorpresa,
amigo.
Sorpresa.
Es esa
respuesta.
Es ese
su nombre.
Es esa
de magia
la gesta.

Fugaz y
sucinta
asombro
despierta.
 Pequeña
y brillante
como una
estrella.

20 de abril de 2011

Mariana en la Mañana

En medio del caos de la calle lo único que tenía orden era ella. De estatura breve y piel blanca como si de luz misma estuviera hecha, Mariana brillaba entre las grises paredes, el desgastado pavimento y los últimos ecos del invierno, todos ellos húmedos por el rocío de la mañana. Su cabello, largo y negro, como aquella noche, tenía un olor a chocolate e inconfundible césped fresco. A su paso repelía el caos circundante, dándole gracia a todo aquello a lo que se acercaba. Pero Ella, Mariana, más que caminar, flotaba. Parecía elevarse poco a poco mientras iba de camino a la estación de autobús… quizás serian solo un par de centímetros… Pero estoy seguro que las últimas hojas, las que quedaban antes de la parada de estación, esas desafortunadas no conocieron su pie. Porque ese pie, desde donde la veo, es del aire. Es tan ajena a esta lluvia matutina. Creo que las mismas gotas se golpean adrede contra los muros para no dañarla. ¿A quién espera? ¿Habrá acaso algún loco esquizofrénico que desee enamorarse o que siquiera comprenda mi visión de la parca? No. Ahora está Sola. Ahora puedo verla.
Fue una suerte encontrarla temprano este día... No ha habido días afortunados desde hace mucho para mí. Ya no cabían más ni los suspiros, ni los saludos a causa de las prisas y las malaventuradas casualidades. Pero ahí, en la parada estaba ella. Encantadora con esa blusa roja que tan bien le luce, tanto como el primer día en que la vi y casi ni la noté. Era perfecta. Es perfecta. Blanca su piel como la aurora, oscuros sus ojos como el carbón y Rojos, madre mía, Rojos sus labios como la sangre.
Fue buena idea salir pronto, fue bueno verla, encontrarla en mi camino. Ese era el sitio ideal para decirle que me gustaría cantarle mil y una canciones, que se tocar la guitarra y que quisiera aprender a tocarla a ella. Habría sido el sitio perfecto para decirle que, desde que la descubrí, con disimulo la miro desde mi ventana cuando llega del trabajo y que ya mi vecino de la ventana de enfrente me tiene manía, porque no comprende que lo mejor de estar enamorado de ti, es estar enamorado de lo que tu representas, ese algo indefinible que aún no quiebro con palabras y que es tan etéreo como luce; tan brillante que por momentos me ciega; que, en mi silencio, me satisface como verte en una vitrina. Aunque, si, es una pena haberme despertado pronto porque tanto esfuerzo puse en llegar a tiempo para encontrarla, que llegue mucho antes y mientras tú, mi pequeña ilusión, aun esperas en la calle, yo, en el autobús veo como te haces cada vez más pequeña, mas etérea y al final, desapareces.

Carta para una Señorita


Hola Srta X,

Hoy es el primer día del resto de tu vida. Habrá muchas cosas por hacer, muchos retos por superar y muchos objetivos por cumplir. Asimismo, habrá muchas personas por conocer, fallos por cometer, y errores que perdonar. Es el primer día de vida dentro de un ciclo nuevo que, en principio, durará 365 días y seis horas, pero puede que estés en una etapa singular y distinta, y ese año natural no se ajuste a tus nuevas necesidades, a tus nuevas prioridades y a tus nuevas compañías. Así es la vida. Bastante compleja en cuanto intensidad, extensión y comprensión, sin embargo, es una cuestión personal el rumbo que ella tome. Hoy, como siempre, tu destino está en tus manos.
Si me pidieran comparar la vida con algo, yo lo haría con un sistema de trenes. La vida, es decir, todo lo que existe, animado o no, es la línea del tren; Hay momentos críticos –entiende críticos como decisivos, no como catastróficos– en los que la vida se concreta; hace paradas. Esos momentos son estaciones. Unas muy bellas, decoradas, colmadas de gente y de buenos recuerdos o buenos deseos; otras, menos agradables, son solitarias, mustias y algo fúnebres. También hay, siguiendo la metáfora del tren,  estaciones estándar, que simplemente nos valen como referencia y se perpetúan a lo largo de la línea del tren, es decir, de la línea de la vida, estas pueden ser las estaciones de los cumpleaños.
Pero si el mundo es todo el sistema de trenes: ¿Dónde quedan las personas? ¿Quién es el conductor del tren? ¿Quién fija el recorrido? En mi metáfora, cada persona es un pasajero. Cada quien tiene un billete que le entregan no más llegar a la estación de partida –En nuestro caso particular, Bogotá, claro con cierta diferencia de fechas– en donde se indica el día de llegada a la estación, y cada uno hace anotaciones en su billetito marcando su propio recorrido, haciendo trasbordos donde le parece conveniente. Si, es cierto. Más veces de las que se desea a todos se nos fuerza a hacer paradas, pero en términos generales, es cada persona quien decide el recorrido. A partir de ahí, de la llegada a ésta estación de trenes, el viaje no cesa nunca. Año tras año nos hacemos a un vagón, llámese éste casa, colegio, universidad o empresa; Bogotá, La Mesa, Cartagena, Barranquilla, Madrid o Conchinchina. Esos vagones, que tienen diversas formas y pueden ser muy pequeños o conmovedoramente grandes, son un lugar donde compartimos el viaje con otros pasajeros. Al igual que en un tren cualquiera, a nuestro lado se sientan no una, sino muchas personas a lo largo del viaje. Estas personas, coetáneos y coterráneos, son los que a la larga se convertirán en nuestros amigos y amigas;  esposo o esposa; compañeros o compañeras o, en fin, lo que dé de sí el viaje y el personaje en cuestión.
El final del viaje está abierto. No es por infinito es sólo que ignoramos cuando llegará su fin. Unos pasajeros duran 80 o 90 años viajando, otros, menos afortunados, nada más llegar a la estación de salida, descubren que es esa también su estación de llegada. No es nuestro caso.
Muchos hacen trasbordos entre estaciones o vagones  manteniendo a sus compañeros de viaje durante cierto tiempo. Así nuestros amigos de la infancia a veces coinciden con los del colegio y, con suerte, alguno irá con nosotros a la misma universidad. Otras veces, por ejemplo, aunque sé que no es el único que podría comentar respecto a ti, personas han llegado al vagón al que te encontrabas y se han quedado contigo un tiempo bastante largo, manteniéndose contigo a pesar de que se han cambiado de vagón, o estén en estaciones remotas tanto en tiempo como en distancia.

Total, de aquí en adelante, la carta la escribes tú. Es tu viaje, tu línea, tu boleto y tu tren. Es apenas una metáfora, una de las tantas que se hacen mientras uno ve por la ventanilla del tren.

Un abrazo,

Otro pasajero.

6 de septiembre de 2010

Obituario: Jairo Aníbal Niño



Estoy triste. Ha muerto un hombre cuya madurez fue inocencia. A quien los años no le sumaron adultez sino infancia; un hombre que regalaba bosques en cajas de semillas y veía flotillas enteras de barcos en charcos. Uno que dibujaba escuadras de aviones en el cielo, en ese cielo que son los brazos de las niñas de las que en el colegio cualquier escolar sencillo se enamoraba. Un hombre que nos recordó la alegría de querer; que revivió para nosotros las cartas que hicimos hace mucho, cuando esa niña de ojos azules como el cielo y cabellos dorados como el sol en la más brillante de las mañanas, nos miraba desde allá, lejos, desde el otro lado del patio, y nos dedicaba una sonrisa.
Aún podremos decirle a alguien que no busque más su cuaderno de geografía y recordaremos los limites de nuestra patria sabiendo más allá de toda duda que uno, inevitablemente, limitaba por donde fuera por ella, la compañera de escuela. Esa que nos sonrojaba; esa que a veces se llamaba María, quizás Paula, otras veces Liliana y otras Alejandra; que a veces era alta y severa, como una maestra, y otras solo una niña nueva que llegaba a la clase un afortunado 15 de Mayo, tan afortunado como cualquier primavera en esa fecha. Se nos fue Jairo Anibal Niño. No nos queda más que romper una lanza por ese pupitre vacío, por ese niño ausente. Por ese que en la ausencia de otros limpió la luna, reflejada en agua sucia, con el borde de su manga. Hoy es él el que nos falta. Y desde que se fue se hizo un poco más lejana nuestra infancia. Paz en su tumba.

________________________________________________________

Colombia - Jairo Aníbal Niño
Colombia limita al norte con el mar Caribe ,
al sur con Ecuador y Perú;
al noroeste con la República de Panamá,
al oriente con Venezuela y Brasil
y al occidente con el océano Pacífico.
Yo, al norte, al sur, al noroeste,
al oriente y al occidente, limito contigo.

Supe que te amaba - Jairo Aníbal Niño
Supe que te amaba
-más allá de toda duda-
el día en que estabas
colocando un clavo en
la pared
y te golpeaste con el
m a r t i l l o
y a mí me empezó a sangrar
el dedo pulgar.

Y a mí qué me importa - Jairo Aníbal Niño
Y a mí qué me importa que
ya no me quieras.
¿Es que acaso no oíste
cuando hace seis meses,
dos días, cuatro horas,
quince minutos y tres
segundos,
te dije: —Hágame el favor
y me tiene mi cariño y
mi bufanda
que dentro de un rato vengo
por ellos.
Claro que no estoy negando
que hace seis meses,
dos días y cuatro horas, me
devolviste la bufanda.

¿Me haces un favor? - Jairo Aníbal Niño
—¿Me haces un favor?
—¿Qué clase de favor?
—¿Quieres tenerme mis
avioncitos durante todo
el recreo?
—¿Durante todo el recreo?
—Sí, es que tú eres mi
c i e l o .

En secreto - Jairo Aníbal Niño
En secreto
recogí el vaso en que habías
bebido
y lo llevé a mi casa.
Por las tardes, cuando llego
del colegio,
lo coloco bajo el grifo
y veo flotar un beso
en el agua.

Lección de música - Jairo Aníbal Niño
Do,
r e ,
m i ,
f a ,
s o l ,
l a ,
s i .
¿Sí?
S í ,
mi
s o l ;
s í .

Después de superar - Jairo Aníbal Niño
Después de superar
treinta y dos miedos y medio
por fin tuve el valor de
acercarme a ti
y decirte:
—Buenos días.
Y luego de un silencio que
duró medio miedo,
pude agregar:
—¿Verdad que está lloviendo
mucho últimamente?
Después de superar
treinta y tres miedos
por fin tuve el valor de
acercarme a ti
y junto al buenos días
ofrecerte una bolsa de
palomitas de maíz.
Espero que te hayas dado
cuenta
de que por lo menos una de
las palomitas era
mensajera.

1x1 - Jairo Aníbal Niño
¿1x1?
—Uno.
¿1x2?
—Todo.
¿Todo?
—Sí; si los dos se
tienen cariño.  
Te has ido - Jairo Aníbal Niño
Te has ido
Y una luna sucia flota sobre el agua
Te has ido
Y ya no me queda nada por hacer;
Solamente meterme al lago,
Coger con cuidado a la luna sucia
Y limpiarla con mi manga.

31 de agosto de 2010

De Una Mujer con Ojos de Sol


Descansa sobre la almohada, descansa.
Deja al sueño que sea y repare. Desciende.
Que mientras sin rumbo flotas, agotada,
Todo mal te pierda pista y no te encuentre.

Que en tu sueño a tu vera vengan,
presurosos, millonarios besos,
y te cubran toda, como abrigo,
libre de angustias, de dolores y de olvidos.

Que el mal aire que tu pecho alberga, marche.
Sea él, abatido por prodigiosa cura, quién salga.
por armas, canciones y caricias, vida;
que siempre en la voz de una madre vibran.

Y al final, al abrir los ojos la mañana,
Allí, cuando las aves vuelen,
cuando el ave cante y el río baje,
la luz ya no será de sol, sino de ojos.
De ojos de mujer recuperada.


21 de noviembre de 2009

Cuando las Personas Quieren


Son raras las personas cuando quieren. Si él quiere, ella no. Si quiere ella, él no. Si ambos quieren, no pueden. Si pueden, pelean. Si pelean, uno se rinde. Si uno se rinde, ambos fracasan. Si ambos fracasan, se frustran. Si se frustran, lo recuerdan. Si lo recuerdan, lo repasan. Si lo repasan, uno lo intenta. Si uno lo intenta, es que quiere. Son raras las personas cuando quieren. Si él quiere, ella no. Si quiere ella, él no.

Sueños de Niños


–Una Flor –dijo la niña.
–Un ave –dijo el niño.
–…mmm…–la pequeña se arregló el flequillo con la mano y, alzando la mirada, exclamó –el cielo, el cielo azul.
–El cielo…el cielo… –Aún era temprano y no se podían ver las estrellas, de hecho, no veían más que un azul infinito sobre ellos– ¿Una nube? –Preguntó él, notando que no había ninguna.
–…Una nube…mmm… Sí. Pero si es blanca. –repuso ella.
–Entonces, una nube blanca…–dijo él con una sonrisa– pero ¿y si fuera gris?
–Bueno… –sonrió la niña– en ese caso… ¡Lluvia!
–… ¿Lluvia? –Preguntó perplejo el niño– Hoy no. Pero agua sí.
–Un río entonces.
–El mar, mejor.
–Un océano entero –dijo ella.
–Pescadores.
–¿Conoces a alguno? –pregunto al niño con curiosidad.
–No –dijo él–, pero los envidio. Debe ser bonito vivir en el mar. Papá y yo –una mueca de disgusto se dibujó en su rostro– vivimos en un piso muy pequeño. Él trabaja en un edificio muy gris… Quizás a él le gustaría más trabajar en el mar.
–Sí, seguro que sí… ¡Es tan bello! –Suspiró ella– Con sus peces… Sabes, me gustan los peces.
–¡A mí también!... –dijo él– ¡…En especial asados!
Ambos rieron pensando en pescados asados, desde el pequeño Querubín, la mascota de su clase; un pequeño pescado rojo que siempre había estado ahí, hasta los que habían visto en los libros. Luego ella continuó:
–¡Tú solo piensas en comer! –Lo reprochó en broma–…entonces, una cena.
–Una cena, bien… –dijo él–…Una casa.
–¿Grande?
–Sí, muy grande. Con patio y antejardín. Con una gran sala.
–¿…Y con ventanas grandes?
–Él Continuó –…Y ventanas grandes, y paredes blancas.
–…Me gusta el blanco. –Dijo ella interrumpiéndole–
–A mí también.
Ambos guardaron silencio. No fue sino hasta ese momento en que se dieron cuenta de lo que estaban hablando. Ella se arriesgó:
–¿Una familia? –Preguntó.
–Con un hijo –dijo él.
–Dos. – dijo ella.
– Vale…–Respondió entusiasmado el pequeño– y todos en la mesa cenando pescado.
–¡No! Pescado no. No me gusta. –Ella frunció el ceño y él no dijo nada durante unos segundos… Hasta que ambos sin planearlo exclamaron— ¡Pollo!
Guardaron silencio un segundo y luego soltaron una carcajada.
–¿Eso quieres? –preguntó la niña.
–Si –dijo él– que sea pollo... ¿Y en el centro de la mesa?
Entonces ella se levantó, fue a un matorral cercano y tomo una margarita. Antes de marcharse corriendo a casa, se acercó al chiquillo y, dándole la flor y un inocente beso en la mejilla, susurrando le dijo –Una flor… Esta flor–.

22 de abril de 2009

El Músico Ambulante


Muchos tenemos la costumbre de pensar que nuestra vida es ordinaria; que las cosas que hacemos cualquiera las hace igual o mejor que nosotros. Lo cotidiano es sencillo y esa sencillez es lo que hace de un día, cualquier día, maravilloso. No somos conscientes de eso. Antes, en la época en la que la gente vivía en pequeñas aldeas, todos se dedicaban a su oficio, unos herreros, otros cultivando; las amas de casa con los niños y los oficios del hogar y así, cada quien en su labor. Hoy en las ciudades se podría pensar que, guardando las proporciones, ocurre lo mismo sin ningún cambio significativo. Los abogados en los juzgados, el periodista en la prensa, el arquitecto en la obra, el ingeniero… donde sea que se le necesite. No obstante, si lo piensas, hay en nosotros y en los demás una versión gigante de cada uno. Una versión que ignoramos, que no creemos que exista, que no se muestra y que es en verdad más cercana a nuestra auténtica persona. Muchos hombres y mujeres van por la vida creyendo ser iguales al resto sin caer en cuenta de lo extraordinaria que es su propia existencia. Cada anécdota, una historia única; cada decisión importante, una epopeya en la que, de una u otra forma, se juega la vida. Somos, sin saberlo, héroes con dramas, comedias y tragedias personales dignas todas de ser contadas. Esto es sólo un ejemplo.
Esta historia va de alguien a quién hemos visto todos. Alguien a quién tú y yo, incluso alguna vez juntos, vimos frente a nosotros. Es la historia de Wladislav. Lo sé, no te suena su nombre, de hecho, es posible que sin pensarlo mucho creas que no has conocido a nadie que se llame así, pero sí, si lo conoces. Es un músico. Él está siempre allí con sus manos arrugadas y su traje de otro tiempo tocando el Cello para el agrado de los que pasan por su calle. Digo su calle, porque si no estuviera él, no sería distinta de cualquier otra calle y en ese caso no sería de nadie. En la calle de Wladislav se cruzan muchas historias y de ellas ya quizá te contaré alguna luego, pero hoy quiero que reconozcas a este anciano búlgaro que se planta a tocar arias y piezas clásicas para el gusto del viandante. Él no lo sabe, pero es muy importante. Lo es al menos para mí que te cuento esto y para ti que lo estás leyendo.
Verás, yo le conocí una noche cuando iba de camino a la Plaza Mayor. A pesar de la hora y el clima, era ya de noche y hacía un frío atroz, curiosamente muchas personas se amontonaban alrededor de algo que yo aún no alcanzaba a ver. Me acerqué. Paso a paso mientras lo hacía entendí el porqué estaba esa gente estaba allí. Alguien estaba interpretando lo que después sabría era Bach. No era una pieza muy conocida. Ahí estaba él sentado en su banca plegable mientras todos guardaban silencio con expresión expectante y ojos muy abiertos. Su viejo cello, a la vista tallado más por el tiempo que por el lutier que muchos años antes lo fabricara, cantaba. La belleza de la melodía contrastaba con la torpeza de los movimientos de los delgados brazos del músico causados por culpa el abrigo que lo protegían de las heladas corrientes que corrían por la calle. Su arco acariciaba las cuerdas, el viento, los oídos de todos, mis oídos… la agitación de los gestos de su rostro nada tenía que ver con la dulzura de las notas que subían y bajaban como las alas de un ave en vuelo. Eso lo sentí yo y creo que todos los que contemplábamos a ese hombre en su oficio. Cada vibrato, cada cambio de nota, cada tensión de la melodía venía a nosotros y se quedaba dentro de los que habíamos detenido la marcha para oírle. Cuando la pieza acabó aún la conservábamos en nosotros y nos tomo un par de segundos reaccionar y aplaudir aquella interpretación que con maestría había logrado. Muchos siguieron su camino, otros se sacudieron la calderilla en el tapiz que nuestro musical compañero había dispuesto para ello. Yo aún volaba con las notas, el arco y las cuerdas incluso después de los aplausos. Solo reaccioné cuando empezó a tocar de nuevo.
Así le conocí. Sin previo aviso, sin cruzar palabras, sin saber que su nombre era Wladislav y que era de Bulgaria. Sin embargo, no fue el verle en ese momento lo que lo hizo importante, fue el día en que los dos fuimos a escucharle. No había mucha gente y que tocó expresamente esa pieza porque se lo pedí. Era Bach de nuevo. Recuerdo que le dije "Disculpe, ¿Sabe el Aria en Sol Mayor?" Él levantó la cara algo sorprendido, al parecer no hablaba mucho con su público, y sin mediar palabra, alzó el arco y empezó a tocar. Allí estábamos los dos prácticamente solos. Wladislav y su cello fueron testigos de excepción. Te tenía conmigo y te abrazaba, y la música a nosotros. No sé si caíste en cuenta, yo casi te acariciaba al ritmo del arco sobre las cuerdas con la esperanza de que cantaras como aquél instrumento. La verdad, no creo que te fijaras, pero ahora da lo mismo: Ese abrazo fue lo mejor que me diste y es el recuerdo especial que de ti tengo. Creo que a pesar de guardar muchos recuerdos de las personas con las que compartimos mundo, siempre solemos seleccionar uno en concreto para luego, cuando es preciso, traerlas de nuevo a nuestra memoria. Eso nos hace únicos, como únicos son Wladislav y tú para mí. Te lo dije. Conocías al músico y él a nosotros, a nosotros y a lo que sentíamos. Fue muy bonito, sí, de veras muy bonito…
Puede que pienses que esto que te cuento ya no es sobre el músico sino sobre nosotros, pero estarías equivocada. Nosotros solo fuimos una parte de la historia de Wladislav. Él con suma paciencia espera en su calle a que alguien le pague una moneda por su arte y dedica su vida a su música, como antaño hicieran el herrero a sus herramientas o el sembrador a su huerta. Él puede pensar incluso que es solo un músico más de los que tocan en la calle pero, sabes, aunque quizás haya alguno que toque Bach igual que él, o de hecho, mejor, para mí nadie es como aquel desgarbado anciano. Él se deja el aliento en transmitir alguna emoción, algún sentimiento o algún recuerdo; se dedica a su oficio mientras nosotros... ¿Qué diré de nosotros? Ya ni siquiera somos. ya no hay nosotros. Tú ya no estás conmigo, estas con otro que ¡Qué Gracioso! es más pequeño pero más grande que yo... y yo aún escucho a ese músico ambulante, a Wladislav, como aquel día, encontrándote en instantes ciegos sin buscarte, en su calle, volando entre sus notas.

14 de abril de 2009

Una Pelea de Cartas


- ¡Lo voy a matar!– Gritó un tipo alto de barba en medio del salón.
- ¡No tengo la culpa! – respondió el muchacho de mirada dulce y voz suave con quien jugaba.
- Lo he dicho muchas veces: «Es mejor no meterse en problemas de juego conmigo».
- Cierto… Digamos que en este juego me ganas, ¿vale? Nunca pierdo… te lo dije al empezar… pero esta vez, solo esta vez, tú ganas– dijo regresando al centro de la mesa las fichas que había ganado.
- ¡¿Y qué si en este juego gano?! –Inquirió el otro– No perderá de nuevo ¿o sí? Igual lo voy a matar…– Escupió casi incomprensible el alto y furioso hombre.
-¡Solo quiero jugar…! – afirmó el joven sin perder la calma.
-¡Y yo hacer que pierda!… ¡Así tenga que matarlo! – dijo tambaleándose el ebrio.
- Seamos justos... «En la mesa y en el juego se conoce al caballero» dice el refrán…
- ¡Aja! ¿Me viene con refranes? «De malas en el juego, de buenas en el amor»
- ¡No estoy de malas! – Envalentonado, replicó el joven…
- ¡Yo si lo estoy!
- ¡Lo que estas es loco!... ¡Es solo un juego! –Por primera vez alzó la voz, y continuó – ¡Además yo no tengo la culpa!
- … ¿Para ti es solo un juego? – Preguntó el Borracho.
El joven asintió.
- Entonces ¿Qué te apuestas? –preguntó el borracho mientras barajaba con picardía.
Sin prisa, el chico se puso en pie, movió todas sus fichas al centro de la mesa y alzó la mirada. La inocencia de cinco minutos antes se había esfumado, solo había codicia en ese rostro. Yo lo vi y el borracho también. Cuando corrió las últimas fichas dijo tajante:
- Te Apuesto – Hizo una pausa- ... Tu vida.
- ¡Eres el amo! –Bufó el borracho, luego tiró las cartas sobre el paño verde y cubrió su sorpresa con el último trago de su güisqui.
- ¿Apuesta? – Insistió el joven.
- Me retiro. –dijo el ebrio, derrotado.

8 de abril de 2009

El Día Que Maté a Inés



Basta decir que soy culpable. El aburrimiento al que Inés me llevó es la causa, bueno, una de las causas, de que la matara. No puedo decir que fue sólo por eso. No pasó lo que usted piensa. No fue el profundo tedio en el que los matrimonios se ahogan año tras año. De hecho, fíjese, fue justamente lo contrario… Lo que me aburrió fue la suma de todas las cosas que dejo de hacer. Verá, la gota que colmó el vaso fue saber que ella no me veía como yo quería verme; me veía tal cual yo era. Eso, si lo piensa, es bastante cruel. Es verdad, no soy un adonis, pero me bastaba con ser el hombre ideal al menos para una persona, mi esposa… ¡Es que cuando me dijo qué…! …bueno -suspiró- ya no importa. Total. Ya está muerta… ¡Pero es que me humilló tanto!… Ahí ya no tuve más remedio que matarla, ¿Sabe? Esa falta de costumbres que solíamos tener; ese total desprecio a cualquier rutina, por aburrida que fuera, hizo que me sintiera cada vez... como decirlo, menos “casado”. ¿Es raro verdad? Dos años de novios y treinta más de matrimonio y aún, a pesar del tiempo, nunca sentí que en realidad la conociera. ¡¿Qué si le gustaban los huevos fritos?!… ¡¿o cocidos?!… ¡¿o revueltos?!… treinta y dos, ¡treinta y dos años! ¡Y aún no lo sé! La maté y más que sentir tristeza o vergüenza, tuve la misma sensación que al matar a un mosquito en medio de la noche: La calma del silencio reposado… un tranquilo sosiego quizá… Igual allí estaba ella, tirada en el suelo… y, la verdad, no me interesaba siquiera moverla para que tuviera, en su descanso de muerta reciente, una pose más cómoda, más natural; menos macabra que la que tenía frente a mí: Una mujer con la mirada perdida y ahogada en veneno… No, Inés no me importaba.
Quizá mi sinceridad le asombre o incluso le asuste, pero es que desde niño mis padres me inculcaron que debemos asumir la responsabilidad por las cosas que hacemos. Ahora que lo pienso, es posible que me haya condenado a matarla en el preciso instante en que la acepté como esposa: “¡Hasta que la muerte los separe!” dijo el cura. Treinta años a partir de ahí bastaron para descubrir día a día todas sus imperfecciones; fueron suficientes para que ella viera también todas las mías. Desde ese día en la iglesia Inés era mi responsabilidad y, entre usted y yo, todo ese tiempo juntos, todo lo que compartí con ella y, más importante aún, todo lo que me reservé, me reveló que la mejor manera de asumir a Inés era poner veneno en la jarra de limonada.
¡Bah!… ¡Si tan sólo se hubiera esforzado más en mantenerme enamorado en vez de hacerme un mueble más de la casa...! -haciendo una pausa tomó aire y con la mirada perdida, continuó- Ella era linda ¿sabe? Cuando éramos novios recuerdo que íbamos por la calle y sin importar si llovía o si hacía sol, el día era perfecto estando juntos. Así lo sentía yo y supongo que ella también… o sino no se explica porque decidió pasar tanto tiempo conmigo… Pero uno nunca sabe. En fin. Era linda. La recuerdo con su vestido azul y los pendientes que le traje de algún viaje de trabajo. Recuerdo cuando bailábamos ver la falda volando al ritmo de las vueltas que le daba. Era bella. Pero no sé que pasó… ¡Aquella mujer ahora dedicaba más tiempo a sus estúpidas novelas y a sus bordados; a su club de lectura y a ir de compras, que a mí! Inés estaba ahí, siempre lo estuvo, pero después de algún tiempo ya no la sentía conmigo. “Vamos a viajar” le decía. “Salgamos, demos un paseo” le insistí muchas veces. Pero no. Ella se empeñaba siempre en ir a “sus” grupos, a “sus” fiestas con “sus” amigas. “Es para darnos nuestro espacio”, decía. “Hay cosas que son tuyas, cosas que son mías y otras que son nuestras. Cuanto más claro tengamos eso, menos problemas de pareja tendremos”, decía. ¡Lo que ella no comprendía es que no tendríamos problemas de pareja porque ya no lo seríamos! Supongo que ahora la mancha de sangre en la alfombra es suya, la culpa mía y la intimidad de este momento nuestra… Supongo…
…De repente una voz dulce y cercana lo interrumpió:
– ¿Rodrigo?
– Sí, dime – respondió él.
– ¿En qué piensas?
– En planes, planes de futuro.
– ¿En serio? – Dijo Inés sorprendida – ¿Me los contarás?
– Ya te contaré… ¿Quieres limonada?