WIGOblog

Una iniciativa de creación literaria. Cuentos, microrrelatos y poesía.

SUEÑOS DE NIÑOS

–El cielo…el cielo… –Aún era temprano y no se podían ver las estrellas, de hecho, no veían más que un azul infinito sobre ellos– ¿Una nube? –Preguntó él, notando que no había ninguna.

OBITUARIO - JAIRO ANÍBAL NIÑO

Ha muerto un hombre cuya madurez fue inocencia. A quien los años no le sumaron adultez sino infancia; un hombre que regalaba bosques en cajas de semillas y veía flotillas enteras de barcos en charcos.

NEGRO

—Recostado sobre la cama miré a través de la ventana en la que apenas se proyectaba la luz de una escuálida luna opaca, seguramente por el paso de una nube —dijo el anciano con parsimonia, mientras ponía azúcar a su café. Luego de probarlo, continuó—

CONTENER EL ALIENTO

Contener el aliento,//Cerrar los ojos.//Recordar.//Intentarlo, al menos.//Recordar la valentía heroica,//la intrepidez diaria.//La infantil alegría,//la mañana clara.

21 de noviembre de 2009

Dialogo


Eran dos personas charlando en aquel lugar, pero más allá del idioma, mientras los labios decían verdades a medias y las manos espantaban las dudas como a moscas, los ojos, delatores insensatos, gritaban, sin dejarse una coma, lo que sentía de verdad su corazón.

18 de noviembre de 2009

Cinco Microrrelatos

I
Era ésta una hoja que cayendo de un Arce fue por el frío viento del otoño llevada lejos a marchitar, que es morir para las hojas, con tan buena fortuna que conoció rumbo a la tierra, el paraíso, al enredarse gloriosa en tu cabello.

II
¿De veras crees que estamos lejos? Estar lejos no es no verte o no hablarte; o no ir de la mano ni hacerte regalos. No. De hecho, es justo lo contrario. Es verte en la gente y hablarte en el aire; ir de tu mano en mi mente y hacer de mis sueños, regalos. ¿De veras crees que estamos lejos?

III
Revolución Francesa… Revolución Industrial… Revolución Rusa… Revolución Tecnológica… ¿Por qué insistimos en revolucionar antes que en evolucionar?

IV
Inicio, programas, accesorios… ¡¿Qué hace mi nombre en esta carpeta de su ordenador?!

V
Disculpe, ¿Tiene el libro "Demolición de Castillos en el Aire para Dummies"?

11 de noviembre de 2009

Superhéroes

La paciencia es en definitiva una virtud heroica. Sin embargo, es preciso apuntar que nuestros héroes contemporáneos, los que se ven ahora en TV o cine, no destacan por esperar a que pase algo sino que, todo lo contrario, tan obstinados como superdotados, se lanzan en cualquier aventura sin detenerse a analizar la situación a la que se enfrentan. Ellos, los héroes, o tienen una mítica capacidad de comprensión de la realidad tan heroica como lanzar fuego con los ojos y no calculan las consecuencias de sus actos porque, como decía el más heroico de todos, todo “estaba fríamente calculado”, o los guionistas y escritores de sus historias los han dotado de una impaciencia innata, heredada de los tiempos que vivimos. ¿Dónde quedó la homérica espera de Aquiles quien paciente y constante sitió Troya durante diez años? ¿Dónde están las sucesoras de Penélope? Es triste admitirlo, pero han cambiado tanto las cosas que lo “heroico”, que según el diccionario es algo “propio de un héroe o relativo a él; acto de gran valor, de nobles virtudes y sacrificios elevados que realiza una persona” queda apretujado en millones de oficinas, calles y hogares sin la más mínima recompensa. Sí, es cierto. Ahora aquellos que tienen este tipo de virtudes dedican su tiempo a estar frente a un escritorio viendo como con una lentitud proverbial se llena una barra de descarga en la pantalla de un ordenador tan viejo como lo permita Windows XP; otros se dejan horas haciendo filas, solicitando auxilios, subsidios o hipotecas para intentar vivir y no solo sobrevivir. Son pacientes en medio de situaciones desesperantes e incluso desesperadas. Vivimos el absurdo en lo cotidiano. Es más heroico un tipo que lleva una doble vida, una sosa de periodista torpe y otra de superhombre volador e invulnerable, que una mujer sencilla, con un trabajo mal pagado y absorbente, en una casa poco menos que ruinosa, que sostiene a dos hijos -¡felices además!-y los manda al colegio todos los días sin irse a la cama sin cenar. Tan contradictoria es, que más heroico un tipo sin amigos que hace telarañas y combate villanos trastornados de personalidades imposibles, que dos personas comunes que mantienen a flote una relación sobrellevando y corrigiendo sus defectos durante décadas. ¿Es paradójico, no? Que los héroes de verdad se sienten a nuestro lado en el autobús sin despertar un ápice de atención mientras otros, superhombres y supermujeres imposibles impulsados por la magia de los efectos especiales, sean promovidos a ilustres ciudadanos sin ni siquiera ser reales. ¡Así es nuestro Mundo! Un lugar donde muchos prefieren creer que un ilustre vecino de Ciudad Gótica o Metrópolis los puede venir a saludar antes de estrechar la mano de su propio vecino. No pretendo negar la idea de héroe tiene un papel simbólico importante como idealización de algunas cualidades humanas pero, ¿Son en verdad los héroes de hoy un modelo a seguir?

30 de octubre de 2009

Los Impertinentes


Las hazañas de los hombres, sus esfuerzos y preocupaciones, sin tener en cuenta su proporción o intensidad, siempre han exigido encontrar un lugar especial, uno donde liberarse del mundo. Desde antiguo ha sido así, pero hoy es tan meritorio encontrar este lugar singular como los son las empresas que nos obligan a buscarlos. No obstante, por fortuna, existen. Unos escogen algún parque, un árbol especialmente acogedor; otros, el encierro de una habitación. Pero algunos, quizá menos numerosos que los demás pero no por ello menos importantes, acuden a las bibliotecas. ¿Quién no ha sentido paz ante el silencio enmarcado en el paso de las páginas? En las bibliotecas, sin importar su tamaño, vive el silencio. Un silencio distinto que se acompasa con el sonido de bolígrafos de lectores impenitentes que se encierran en mundos de papel. Lectores que llegan, o bien para huir de una realidad terrible, bien para comprenderla o, aún mejor, impulsados por el simple disfrute de compartir algo de su tiempo con autores de otras épocas a veces inimaginablemente lejanas. Real o inventado, el mundo nunca es el mismo cuando se mira desde el banco de una biblioteca.
Pero en ese paraíso lleno de pastas duras y blandas, de héroes y villanos, de cuentos y tratados, de fotos antiguas y discursos eruditos, no todo es perfecto. Es este también territorio de fuerzas hostiles que en ocasiones hacen plantearse al descuidado lector si la tortura y el asesinato son malos en sí o esto depende de la victima. A estas potenciales víctimas he decidido llamarles “los impertinentes” que son, por definición, aquellos que perturban los paraísos personales de otros. Al igual que en los parques están, entre otros, los dueños de las mascotas que no recogen lo que estas hacen y, en la discreción de las habitaciones, suele haber algún molesto y bullicioso familiar de carácter demasiado sociable, los lectores, yo entre ellos, tienen a sus impertinentes particulares que por azar o destino son más difíciles de identificar que otro impertinente cualquiera.
Los impertinentes de biblioteca son seres de naturaleza extraña. Una naturaleza que conspira en contra de su propia supervivencia en forma de decisiones en apariencia inocentes que los transforman en cuanto ponen un pie en cualquier archivo o sala de lectura. Son numerosos. Por lo habitual se presentan en grupos aunque un solo impertinente instruido es suficiente para cubrir la tarea de diez novatos. Hombres o mujeres de cualquier nacionalidad, estrato o edad –siendo frecuentes los pequeños impertinentes– aparecen envueltos en atuendos tan impertinentes como ellos mismos: ¡Aquí una de esas decisiones en apariencia inofensivas! Los impertinentes dirán: “¿A quién pueden molestar mis zapatos con suela de goma?” ellas, las impertinentes, quizás pensarán: “A nadie le molestarán mis tacones, ¿Para qué llevar bailarinas?... ¿A quién le importará?” ¡A nosotros, los que habitamos entre libros! ¡A los lectores, a quienes vamos a las bibliotecas! Todos hemos podido seguir a alguien sin verle gracias al rechinar de la goma contra el brillante suelo; no son raras las veces en que hemos sido sacados a taconazos de nuestra lectura mientras alguna impertinente bajita y antipática, feliz como unas castañuelas, abandona presurosa la sala en medio del más estruendoso trote de caballo. Inconscientes de su naturaleza, al ir de compras eligen desde los bolsos más plastificados –que son los que más ruido hacen– hasta los timbres más bulliciosos para móvil, que siempre olvidan desactivar. Imanes de pequeños y estridentes accidentes, los impertinentes sonríen sin gracia cuando su torpeza, que les hace tropezar con sillas y derrumbar pilas de libros enteras, genera un ruido ensordecedor capaz de enmudecer el fragor de una batalla, sea esta en Mordor o en Inglaterra. No comprenden que el sutil lenguaje de imperio de los libros va de los susurros hasta, en urgencias, las señas de manos. Los impertinentes, como sacados de un zoco medieval, parecen vendedores vulgares que sostienen en sus manos tesoros invaluables.
Entre el golpeteo de los bolígrafos contra las mesas y los suspiros lastimeros que el lector recién exiliado de su libro profiere por su causa, los impertinentes son clasificables: Está el molesto, que durante una breve estancia hace todo tipo de ruidos. El enojoso, que nos interrumpe actuando en nuestra contra de manera directa, ya sea estrellándose contra nosotros, moviendo la mesa o forzando nuestra área de lectura. El cócora, que “amablemente” nos interrumpe preguntándonos cosas. El chinchorrero, peculiar por su incapacidad de mantenerse callado, al estar siempre rodeado de congéneres suele platicar voz en cuello y sin inmutarse ante la mirada agraviada de los lectores. Para terminar, está el irritante, que condensa en si a todos los anteriores, capaz de tirar papelillos a la cara de otros impertinentes e incluso de algunos lectores, mientras riendo se dirige a la salida con sus rechinantes zapatos con suela de caucho.
En este punto cabe preguntarse: ¿Han hecho algo los lectores al respecto? ¿Acaso es más fuerte el sonido de una silla o un móvil que su voz? A esto último es preciso decir que sí, dentro de una biblioteca, de lo contrario serían también impertinentes. Pero, ¿y afuera? ¿No hay manera de crear una coalición anti-impertinente? Algunos lectores cuentan, perdón, no cuentan, susurran, que hubo alguna vez un lector que lo intentó: ¡Alzó su voz pidiendo silencio!... y enseguida fue expulsado por impertinente.
Sin embargo, aquel lector no fue el primero ni el último en intentarlo. En una biblioteca no muy lejana, un ávido lector de tratados militares propuso, ¡A través de una nota, claro!, que todos los lectores se pusieran en pie de guerra, haciendo de la biblioteca un frente compuesto por silentes columnas móviles de lectores que repelieran a los impertinentes. El plan era sabotearlos, extraviar sus espantosos móviles y sus libros de consulta, expulsándolos de forma definitiva en operaciones relámpago que los dejaran leyendo en las aceras. Otro lector, avezado en psicología y psicoanálisis, propuso llevar a cabo un ejercicio conductista con los impertinentes. Perseguirles con la mirada, haciéndolos sentir incómodos ocasionando su posterior retirada, esto de acuerdo con el modelo de estimulo-respuesta de Pavlov.
Entre los lamentos escritos que rodaban por la biblioteca de mano de los lectores habituales de las tragedias de Eurípides y Esquilo, un estudiante de administración de empresas envió un memorando general planteando la creación de una nueva biblioteca dirigida en exclusiva a los impertinentes. Esta posibilidad fue rechazada categóricamente por el colectivo de lectores de Proudhon, Bakunin y Thoreau, todos ellos anarquistas que reivindicaban su derecho a no pertenecer a nada que atentara contra su autonomía. Un publicista esbozó un cartel que exigía la salida inmediata de los impertinentes que gozó con el beneplácito de la mayoría de los lectores de la biblioteca, no obstante, un lector de aspecto huraño renegó diciendo que había llegado el momento de tomar una “acción directa” sobre los impertinentes y que el afiche por si solo no haría la diferencia.
Mientras los lectores de lírica redactaban elegías a la muerte del silencio entre los lectores y un historiador escribía sobre la gloria perdida de la más valiosa de las bibliotecas, la de Alejandría, un niño, un pequeño de ocho años a lo sumo, tomo asiento junto a una lectora. Ella, que frenética escribía sobre la situación de los impertinentes con avisos coloridos que ponían “¡Extra!”, “¡Últimas Noticias!”, “¡Avance Informativo!”, hacía el tráfico cada vez más intenso. El crío notó que nadie hablaba sino que se pasaban notas. Él sacó un folio algo arrugado de su morral y con una caligrafía torpe y poco menos que indescifrable escribió:
“¿Podrías leerme este libro?”
Extendió un verde tomo de cuentos junto a la nota y la pasó a aquella trajinada señora. Ella dejó de escribir, leyó la nota y señalando al niño la pasó a su vecino, este al siguiente y así hasta que todos la leyeron. A medida que iba rotando el papel, el tráfico de folios, memorandos y comunicados con estrategias para deshacerse de los impertinentes fue aligerándose hasta desaparecer. Los lectores recordaron otros tiempos, remotos para algunos y más próximos para los más jóvenes; pensaron en cuando siendo aún niños también quisieron leer, pero el silencio fúnebre de la biblioteca los espantó. Los más viejos reflexionaron sobre como muchos años antes abandonaron las lecturas y se internaron en otros oficios y su tiempo libre los disfrutaron en las terrazas, perdiendo tiempo, tiempo valioso, que ya de mayores echaron de menos al contemplar las estanterías con miles de libros apilados que ya no tendrían oportunidad de leer. Muchos, todos en realidad, recordaron cuando ellos mismos fueron impertinentes y distrajeron las lecturas de muchos. Fue solo un momento, pero todos los lectores se contemplaron a sí mismos en aquel niño.La lectora abandonó sus lápices y abriendo el libro desde el principio, empezó a leer en voz alta. Los lectores supieron que era un cuento. Ella leía sin prisa ante los ojos como platos del niño que a su lado la miraban. No hubo protestas ni suspiros de indignación. No hubo tampoco miradas quejumbrosas o bolígrafos repicando contra las mesas. Ya nunca más se intentó expulsar a los impertinentes porque, como dice algún refrán “El que pregunta, saber quiere”, y no hay suela o tacón, ni móvil o conversación, que sirva de excusa para que alguien no pueda ir a la biblioteca a hallar esa respuesta y, con suerte, encontrar ese lugar especial en donde descansar del mundo leyendo tranquilamente un libro.

26 de octubre de 2009

¡Hoy es Lunes!


Hoy es lunes, y como lunes que es creo que es bueno empezarlo con algo bueno, empezarlo diciendo que te quiero mucho. Pero, sabes, la verdad hay algo que me preocupa. Espero que todas las semanas empiecen igual... ¡Hay calendarios que en rebelión contra mí empiezan a veces en domingo! ¡Eso es una grave amenaza y debo tomar cartas en el asunto! Mi estrategia es simple: ¡Es quererte siempre!... De lunes a domingo. Los calendarios no tendrán oportunidad en mí cruzada contigo...
Mi pelea no es contigo... de eso me he dado cuenta... es con los calendarios... Empiecen en lunes o en domingo. Pero soy listo. Espero, de veras espero, me baste eso para alcanzarte. De no ser así me sentiré defraudado de mí mismo, sea miércoles, viernes o domingo. Alcanzarte, estar contigo así sea festivo... en especial, de hecho, si es festivo: ¡Porque festivo viene de fiesta y fiesta es mi vida cuando estoy contigo! No importa, ahí si no importa, que día de la semana sea... Total, si estoy contigo, el tiempo es mi amigo, pero en tu ausencia es mi peor y más fiero enemigo. Pero, hoy es lunes, y es preciso quererte, quererte toda y quererte mucho, al menos, hasta el próximo domingo.

1 de septiembre de 2009

Que te sientas bien es mi deseo....

Que te sientas bien es mi deseo.
Decirte algo, lo que sea preciso.
Que te sientas como en la mañana,
feliz y tranquila, relajada.

De eso extraño que sientes a veces,
que no hay nadie ni otro momento,
ni ningún otro sitio del mundo,
que ese café, ese vino, esa cama.

Eso que sientes y resume todo.
Esos instantes, esas palabras.
Esos días en que sientes que todo,
todo vale la pena por ciertos momentos

Que sientas como siento estando contigo,
Que me tengas a mí. Aunque no es mucho,
Ahí, a tu lado. Saberme contigo.

Como que la vida se resume,
Como un comentario.
Como algo breve, como un espasmo.

Ausencia


Ella leía sus cartas antes de que llegaran. Cerraba sus ojos y, orante como era, recitaba sus rezos una y otra vez hasta que, de la nada, aprecian ante ella las palabras que su esposo al otro lado del río, más allá del valle y la cordillera acababa de escribir. Antonio le contaba sus penas, la soledad que sentía al no tenerla a ella, ni a ella ni a las niñas, a las que suponía dormidas en la pequeña habitación que con gran esfuerzo ayudaba a pagar. A la luz de una lámpara de petróleo Antonio escribía y soñaba. Eugenia también lo hacía con él, mientras con los ojos cerrados seguía leyendo como su esposo ausente le describía una casa, una casa grande, con pérgola, parcela y jardín; con un patio de ropas, uno enorme, en el que ella vestida toda de blanco colgaba unas sabanas, escuchando reír a las niñas a su lado. Antonio describía imponentes las acacias que cubrían con su sombra aquella parcela imaginaria que ambos, a pesar de la distancia, se habían empeñado en levantar. Él se había ido a Venezuela con el propósito de conseguir un buen trabajo, sin embargo, no logró otro puesto más que el de peón en una hacienda a las afueras de la ciudad. Lo que debió haber durado unos cuantos meses llevaba ya más de tres años. Antonio con un trabajo mal pagado y ella, con sus hijas, cosiendo ropas de familias de abolengos inventados para intentar vivir dignamente. Eugenia lo hacía todo para poder, al final de la jornada, cerrar los ojos y leer... y soñar. Soñar con cartas que rogaba al cielo no dejaran de ser escritas, que no dejaran de ser su sueño, el de Antonio y el de ella, ese que justificaba esa ausencia.

29 de junio de 2009

Una Mujer que Nunca Estuvo


Hubo una mujer a la que nunca pude conocer. Una pequeña que sería tierna, dulce y sencilla; que arreglaba su ropa cuando la lavaban y que le encantaba el chocolate hasta hacer que le doliera el estómago. Una chica buena. Una que de niña va de su casa al colegio y de regreso, y que solo se escabulle de sus padres para tonterías. Al menos me gusta pensarlo así. Que aprende de casa, del colegio y de la calle. Que aprende. Una joven lista, preparada; con metas, sueños e ilusiones. Intuitiva y persuasiva. Astuta e inteligente. Delicada y femenina. Así era. Ya mayor era deseada. Era una mujer buena, de esas a las que uno pretende como esposa y presenta a la familia. Cuando se casó, llegó a ser una gran ama de casa, una mujer de familia, con hijos a los que formar, con un esposo feliz de tenerla a su lado porque sabía que era valiosa. Una que era madre, profesional, amiga y mujer, en especial eso, una gran mujer. Él la veía tal como era. Una mujer con un futuro por construir. ¡A esa! ¡A esa mujer la hubiera querido conocer!... No pude. Quizás si ella hubiera repasado sus pasos, con algo de suerte, me hubiera visto. Hubiera visto en mí un buen consejero, un sencillo ayudante, un incansable paño de lágrimas. Un amigo. Un buen padre. Un buen hombre. ¡Qué Tristeza! Esa mujer que tanta paz pudo haber inspirado, esa que pudo haber guiado mis pasos dejándome guiar los suyos, nunca llegó a mi camino. Murió antes de nacer. La mató el olvido. En verdad lamento que nunca la podré conocer.

3 de junio de 2009

Amor y Ortografía

¡Hay amor!
Así no lo veas,
así no lo sientas,
así no lo tengas.

¡Ahí, amor!
En tus amigos,
en tus enemigos,
en los desconocidos.

¡Ay, amor!

¿Por qué?
¿Aunque te veo, te siento y te tengo?
¿Por qué?
¡Aunque eres mi amigo y también mi enemigo!
¿Por qué?
¿Por qué eres ahora un desconocido?

30 de mayo de 2009

Un Encuentro Singular


De pie en la esquina de una calle cualquiera, al menos para mí hasta ese día, allí estaba ella. Fue su culpa que esa calle existiera para mí. De no haber sido por verla esa tarde desde el autobús no me habría fijado nunca que allí, en ese lugar, había una casa blanca con un antejardín enrejado donde crecía antinatural una preciosa planta de jazmín. Sí. De ella es la culpa de que yo ahora al pasar cuente los diez barrotes de aquel enrejado oloroso a flores ante el cual ella ese día se detuvo a esperar el autobús, con su falda de tartán azul y su suéter a juego cubriendo la camisa de cuello de tortuga en la que yo, hasta ese momento, no solía reparar. No fue el uniforme, ni sus zapatos azules, ni sus medias rodilleras; tampoco fue la casa, su antejardín o las flores. Fue ella. Verla me hizo bajar a tropezones del autobús, correr dos cuadras completas hasta alcanzarla y luego, agotado por el súbito esfuerzo, fingir la sorpresa ante el "encuentro casual". Al fin estaba frente a mí, aunque más preciso sería decir que al fin estaba yo ante ella. Ella me detuvo sin siquiera moverse. Eran sus grandes ojos negros, su cabello largo y desordenado por el afán de la jornada; sus manos escondidas tras una carpeta de dibujo y la sonrisa ausente ante la sorpresa de mi llegada las que me hicieron saludar:

-¡Marcela!- Fue lo único que atiné a decir -¿Tú por aquí?-

No sé sí ella me esperaba o sí alguien en algún lugar planeó el encuentro. Lo que si sé y no tengo duda alguna, es que desde ese momento llevo conmigo siempre, cuando no en el bolsillo, en el corazón o en un recuerdo, a una niña de uniforme con una carpeta entre las manos, en una esquina de mi vida, esperando el autobús.