Ella leía sus cartas antes de que llegaran. Cerraba sus ojos y, orante como era, recitaba sus rezos una y otra vez hasta que, de la nada, aprecian ante ella las palabras que su esposo al otro lado del río, más allá del valle y la cordillera acababa de escribir. Antonio le contaba sus penas, la soledad que sentía al no tenerla a ella, ni a ella ni a las niñas, a las que suponía dormidas en la pequeña habitación que con gran esfuerzo ayudaba a pagar. A la luz de una lámpara de petróleo Antonio escribía y soñaba. Eugenia también lo hacía con él, mientras con los ojos cerrados seguía leyendo como su esposo ausente le describía una casa, una casa grande, con pérgola, parcela y jardín; con un patio de ropas, uno enorme, en el que ella vestida toda de blanco colgaba unas sabanas, escuchando reír a las niñas a su lado. Antonio describía imponentes las acacias que cubrían con su sombra aquella parcela imaginaria que ambos, a pesar de la distancia, se habían empeñado en levantar. Él se había ido a Venezuela con el propósito de conseguir un buen trabajo, sin embargo, no logró otro puesto más que el de peón en una hacienda a las afueras de la ciudad. Lo que debió haber durado unos cuantos meses llevaba ya más de tres años. Antonio con un trabajo mal pagado y ella, con sus hijas, cosiendo ropas de familias de abolengos inventados para intentar vivir dignamente. Eugenia lo hacía todo para poder, al final de la jornada, cerrar los ojos y leer... y soñar. Soñar con cartas que rogaba al cielo no dejaran de ser escritas, que no dejaran de ser su sueño, el de Antonio y el de ella, ese que justificaba esa ausencia.




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