Hoy, a la mitad de una frase, se terminó la tinta del último de aquellos bolígrafos que ya hace tiempo compramos juntos. Fue cuando sucedió, a solas con mi agenda en la biblioteca, que caí en la cuenta de como, poco a poco tus cosas, esas que alguna vez fueron nuestras y que te mantenían a salvo en mi memoria, lenta, sí, pero irremediablemente, se habían agotado, como agotada estaba la tinta que allí, en la hoja, se hundía agonizante en las fibras del papel.
Así como tu recuerdo, la otrora oscura línea con la que garabateaba mis apuntes, es ahora apenas un gris y entrecortado rastro plagado de vacíos, espacios huecos y en blanco. Una línea rota; solo un rastro. Una herida causada por una mano agresora con una punta de acero. Solo eso deja adivinar el frustrado intento de escribir. Un simple pliegue grosero. Una arruga.
Aún conservo el bolígrafo como en la agenda, la hoja. Pero si te empeñas en mantenerte lejos; en no ser línea sino espacio en blanco; en olvidar dejar rastro y ser solo herida, arrancaré la hoja y encontraré otra pluma, —un lápiz quizás—, y, aunque me duela, me desharé también de tu recuerdo.
Así como tu recuerdo, la otrora oscura línea con la que garabateaba mis apuntes, es ahora apenas un gris y entrecortado rastro plagado de vacíos, espacios huecos y en blanco. Una línea rota; solo un rastro. Una herida causada por una mano agresora con una punta de acero. Solo eso deja adivinar el frustrado intento de escribir. Un simple pliegue grosero. Una arruga.
Aún conservo el bolígrafo como en la agenda, la hoja. Pero si te empeñas en mantenerte lejos; en no ser línea sino espacio en blanco; en olvidar dejar rastro y ser solo herida, arrancaré la hoja y encontraré otra pluma, —un lápiz quizás—, y, aunque me duela, me desharé también de tu recuerdo.




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