
Basta decir que soy culpable. El aburrimiento al que Inés me llevó es la causa, bueno, una de las causas, de que la matara. No puedo decir que fue sólo por eso. No pasó lo que usted piensa. No fue el profundo tedio en el que los matrimonios se ahogan año tras año. De hecho, fíjese, fue justamente lo contrario… Lo que me aburrió fue la suma de todas las cosas que dejo de hacer. Verá, la gota que colmó el vaso fue saber que ella no me veía como yo quería verme; me veía tal cual yo era. Eso, si lo piensa, es bastante cruel. Es verdad, no soy un adonis, pero me bastaba con ser el hombre ideal al menos para una persona, mi esposa… ¡Es que cuando me dijo qué…! …bueno -suspiró- ya no importa. Total. Ya está muerta… ¡Pero es que me humilló tanto!… Ahí ya no tuve más remedio que matarla, ¿Sabe? Esa falta de costumbres que solíamos tener; ese total desprecio a cualquier rutina, por aburrida que fuera, hizo que me sintiera cada vez... como decirlo, menos “casado”. ¿Es raro verdad? Dos años de novios y treinta más de matrimonio y aún, a pesar del tiempo, nunca sentí que en realidad la conociera. ¡¿Qué si le gustaban los huevos fritos?!… ¡¿o cocidos?!… ¡¿o revueltos?!… treinta y dos, ¡treinta y dos años! ¡Y aún no lo sé! La maté y más que sentir tristeza o vergüenza, tuve la misma sensación que al matar a un mosquito en medio de la noche: La calma del silencio reposado… un tranquilo sosiego quizá… Igual allí estaba ella, tirada en el suelo… y, la verdad, no me interesaba siquiera moverla para que tuviera, en su descanso de muerta reciente, una pose más cómoda, más natural; menos macabra que la que tenía frente a mí: Una mujer con la mirada perdida y ahogada en veneno… No, Inés no me importaba.
Quizá mi sinceridad le asombre o incluso le asuste, pero es que desde niño mis padres me inculcaron que debemos asumir la responsabilidad por las cosas que hacemos. Ahora que lo pienso, es posible que me haya condenado a matarla en el preciso instante en que la acepté como esposa: “¡Hasta que la muerte los separe!” dijo el cura. Treinta años a partir de ahí bastaron para descubrir día a día todas sus imperfecciones; fueron suficientes para que ella viera también todas las mías. Desde ese día en la iglesia Inés era mi responsabilidad y, entre usted y yo, todo ese tiempo juntos, todo lo que compartí con ella y, más importante aún, todo lo que me reservé, me reveló que la mejor manera de asumir a Inés era poner veneno en la jarra de limonada.
¡Bah!… ¡Si tan sólo se hubiera esforzado más en mantenerme enamorado en vez de hacerme un mueble más de la casa...! -haciendo una pausa tomó aire y con la mirada perdida, continuó- Ella era linda ¿sabe? Cuando éramos novios recuerdo que íbamos por la calle y sin importar si llovía o si hacía sol, el día era perfecto estando juntos. Así lo sentía yo y supongo que ella también… o sino no se explica porque decidió pasar tanto tiempo conmigo… Pero uno nunca sabe. En fin. Era linda. La recuerdo con su vestido azul y los pendientes que le traje de algún viaje de trabajo. Recuerdo cuando bailábamos ver la falda volando al ritmo de las vueltas que le daba. Era bella. Pero no sé que pasó… ¡Aquella mujer ahora dedicaba más tiempo a sus estúpidas novelas y a sus bordados; a su club de lectura y a ir de compras, que a mí! Inés estaba ahí, siempre lo estuvo, pero después de algún tiempo ya no la sentía conmigo. “Vamos a viajar” le decía. “Salgamos, demos un paseo” le insistí muchas veces. Pero no. Ella se empeñaba siempre en ir a “sus” grupos, a “sus” fiestas con “sus” amigas. “Es para darnos nuestro espacio”, decía. “Hay cosas que son tuyas, cosas que son mías y otras que son nuestras. Cuanto más claro tengamos eso, menos problemas de pareja tendremos”, decía. ¡Lo que ella no comprendía es que no tendríamos problemas de pareja porque ya no lo seríamos! Supongo que ahora la mancha de sangre en la alfombra es suya, la culpa mía y la intimidad de este momento nuestra… Supongo…
…De repente una voz dulce y cercana lo interrumpió:
– ¿Rodrigo?
– Sí, dime – respondió él.
– ¿En qué piensas?
– En planes, planes de futuro.
– ¿En serio? – Dijo Inés sorprendida – ¿Me los contarás?
– Ya te contaré… ¿Quieres limonada?



2 ya dijeron que pensaban. ¿Y tu?:
Los pensamientos que trazas despliegan los deseos de tu alma dentro de cada rasgo, así el lector tiene ante sus ojos un ópera prima formada por un ramillete de relatos cortos de un joven autor que rebosa vitalidad en las historias llenas de encanto, imaginación e inocencia... buen trabajo, felicitaciones. Lau Pulido
Interesante. Me declaro culpable de un crimen que quisiera cometer pero hago responsable de todas sus causas a la posible víctima. El relato devela, con fino humor e ironía, el proceso psicológico que se da en la mente del asesino en su afán de autoadormecer la conciencia y justificar sus actos. Y como siempre, oculto en la penumbra de oscuros razonamientos, un profundo y ciego egoísmo de quien sólo tolera ser mirado con sus propias y engañosas pupilas. Bel Ruthé
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